Que Alá proteja a Egipto

Los Estados Unidos han logrado que su cultura exporte a nivel mundial la famosa sigla OMG (Oh, my God, Oh, Dios mío) como una expresión de asombro antes que de fe.

Simpatizantes del presidente depuesto Mohamed Mursi protestan junto a la universidad de El Cairo. / EFE
Simpatizantes del presidente depuesto Mohamed Mursi protestan junto a la universidad de El Cairo. / EFE

 Pero esa percepción cultural toma un tinte netamente religioso cuando miramos a Oriente Medio o el mundo musulmán. Cada palabra, cada gesto, no es entendido en su cultura sino sólo en su dimensión religiosa. La cotidiana expresión Allahu akbar (Dios es grande) es percibida erróneamente como un grito de guerra.

Muchos todavía se rehúsan a aceptar que las marchas de Egipto, Yemen, Libia, Siria y Túnez han sido mayoritariamente laicas en su concepción, aunque a ellas vayan personas con indumentaria o simbología religiosa propia de su cultura. En Egipto, el 90% de la población es musulmana: ellos fueron los que tumbaron a Mubarak en 2011, los que exigieron el fin del gobierno militar de transición en 2012, los que condenaron el islamismo de Estado de Mursi en 2013, y los mismos que hace poco marcharon por millones para presionar el cambio de gobierno.

Reducir lo musulmán al terrorismo, al dogma religioso, al velo, a Al Qaeda y a una larga lista de caricaturas es reducir las sociedades árabes a lo religioso, es no entender la dinámica política que viven. En Túnez, los salafistas están presionando contra las libertades de la mujer y contra la educación laica, pero la inmensa mayoría no lo ve así, aunque el 98% sea musulmán. El gran líder tunecino fue Habib Burguiba; su pensamiento reivindica la condición árabe-musulmán sin que ésta riña con la modernidad ni con los derechos humanos, convencido de que “la guerra santa (la yihad), no se hace contra el infiel sino contra el subdesarrollo”.

En Siria, el gran fracaso sería que se ahonde en una mirada que renuncie a las banderas de libertad de 2011 y se las reemplace por las de las tensiones religiosas, transformando la guerra contra un dictador en una “cruzada” entre musulmanes.

A pesar de las múltiples agendas de las marchas árabes, sí hay un punto de unidad: el rechazo al autoritarismo y una gran fe en la democracia como sistema. En una encuesta hecha en 2012 en 12 países árabes, el 81% de los entrevistados explicó detalladamente el sentido de la democracia que quería, incluyendo elementos sustantivos como el pluralismo político, la protección de derechos humanos, la justicia social, etc. Esto tumba la idea errónea de que los árabes no están preparados para la democracia o, peor aún, de que entienden por democracia algo distinto a lo que entiende el resto del mundo.

 

* Profesor Universidad Javeriana

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2013-07-07T23:00:00-05:00

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2013-11-04T11:00:11-05:00

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Víctor de Currea-Lugo, PhD*

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