Por: Lisandro Duque Naranjo

‘Alfonso Cano’ (1ª parte)

ENTRE LOS AÑOS 1969 Y 1973 FUI CONdiscípulo en el Departamento de Antropología de la Universidad Nacional y compañero de militancia en la Juco, de quien 35 años después, y a causa de la muerte de Manuel Marulanda Vélez, se convirtió en el nuevo Comandante de las Farc.

Me refiero a Guillermo Sáenz, nombre original de quien los colombianos conocen como el guerrillero Alfonso Cano.

Este sería su tercer nombre, pues sus amigas de militancia y de carrera lo apodaban afectuosamente Mindo. Ese trato era privativo de ellas con él, como si se tratara de una logia, pues los de género masculino le decíamos Guillermo, a secas. En lo académico, Sáenz tuvo siempre buen promedio, pues disertaba con solvencia sobre la obra de Levy Strauss, Morgan y Marx. A este último habíamos logrado los estudiantes ganarle un sitio en el pénsum, a través de las cátedras “Marx I” y “Marx II”, eliminadas del programa durante la rectoría de Luis Duque Gómez, que “por subversivas”, y hasta cierto sería. Esa era su gracia, y uno de los motivos por los que fui expulsado de la U., no volviendo más. La célula comunista a la que pertenecíamos los de Antropología se llamaba “Bertold Brecht”, y nos reuníamos en un salón de Ciencias Humanas en cuya puerta pusimos un letrero en broma que decía: “Agitación y Dogma”. Guillermo era el secretario político, y con una sonrisita por allá alcahueteaba que nuestras discusiones se salieran de la línea y se recargaran de citas provocadoras de autores heterodoxos. Éramos impotables, sobre todo Alberto Pinzón y yo, con nuestra obsesión por persuadir al resto de que la Antropología era la madre de las ciencias y que la cultura, en última instancia, era más determinante que la economía. Esas herejías duraban hasta cuando el camarada Sáenz se ponía leninista, y con gravedad pasaba al primer punto del orden del día: análisis concreto de la situación concreta.

No fue nunca un dirigente ansioso, a la manera del alumno de Psicología Álvaro Fayad, quien duró años en la Juco de la U., hasta cuando se perdió del mapa y reapareció fundando el M-19. Ni activista de tropeles físicos, al estilo del estudiante de Derecho Carlos Pizarro, que compraba peleas a peso para darse trompadas con los de las otras izquierdas, andaba todo el tiempo con “Los escritos militares” de Mao y ostentaba la palabra “Farc” escrita con marcador negro sobre la lona de sus zapatos tenis. Tampoco fue Sáenz persona para el discurso a la intemperie. Lo suyo era el raciocinio severo, al que acudían para pedir luces los de la Dirección, y repito, las muchachas. De deporte o cultivo físico, lo que se dice, nada. De modo que me lo figuro cuando se metió a la guerrilla, sometiéndose a jornadas tenaces para dar la talla militarmente.

Una noche de rones, le grité: “¡Pequeño burgués chapineruno!”, a lo que me respondió muy sereno que él era de Usaquén. En realidad el peor insulto para un comunista era que se le dijera “liberal”. De modo que ese alegato no llegó a mayores.

 Le debo un viejo favor a Sáenz: apenas supo, el día de mi matrimonio con la estudiante de Sociología Martha Muñoz –ahora muy querida amiga y madre de mi hija mayor—, que no tenía ni un peso para viajar de bodas, me dio las coordenadas de una finca de recreo de su familia, en Silvania, a la que nos despachó de noche solucionándonos esa urgencia de recién casados.

 No lo veo desde el 82, cuando me lo encontré en una cafetería de Paloquemao. Me preguntó más él a mí, que yo a él, pues el hombre ya andaba en trotes clandestinos y averiguarle al respecto “no era necesario para mi trabajo”. Era el ritual.

 (Continuará…)

* Cineasta y profesor de las universidades Central y Nacional.

 

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