Por: Sorayda Peguero

Algo pasa con Claudette

El señor Colvin pasó toda la noche en vela. Sentado en un escalón del porche, con la escopeta apoyada en el suelo, el rostro cansado y la espalda adolorida, escucha la pequeña radio que la señora Colvin acaba de encender en la habitación. Los bárbaros del Ku Klux Klan ya no vendrán con su cruz de fuego a merodear por su casa, no a plena luz del día, así que da por terminada la guardia. Un ciudadano negro en Montgomery no puede jactarse de dormir tranquilo todas las noches del año. Basta con que una mujer blanca lo acuse de mirarla, o con pedir una gaseosa en el bar equivocado. Basta con no fijarse en el letrero antes de beber de una fuente. Ser negro en Montgomery es vivir a la expectativa de que ocurra un desastre. ¿En qué demonios estaba pensando Claudette?

Miércoles 2 de marzo de 1955.

Claudette Colvin, la hija de quince años de los Colvin, conoce las reglas del mundo en el que le ha tocado vivir. Pero últimamente anda con la oreja parada, escuchando historias como la de Marian Anderson, la cantante de ópera a la que le impidieron actuar en el Salón Constitucional por ser negra. Parece que Claudette ha estado acumulando valor y rabia. Se atrevió a decirle al conductor de un autobús que no iba a ponerse de pie para que una mujer blanca ocupara un asiento que por derecho le correspondía a ella. ¿Desde cuándo los negros hablan de derechos? Te sientas en la parte trasera, respetando la distancia prudencial que te separa de los blancos, y si todos los asientos del autobús se llenan, tú, y todos los negros de tu fila, se paran y dejan los asientos libres para que ningún blanco viaje de pie. Así son las reglas. Claudette, con la soberbia de sus quince años, tenía un argumento que no iba a servirle de nada: “Yo también pagué por viajar”.

En la siguiente esquina la esperaban dos agentes de la Policía. La sacaron a empujones del autobús, la esposaron, la subieron al coche patrulla y se la llevaron derechito al calabozo. Hasta que su madre y el pastor llegaron a rescatarla, tres horas más tarde, Claudette permaneció con la mirada fija en las rejas de su celda. Muerta de miedo. La irreverencia de esa criatura de dientes separados, pelo corto y gafas de pasta gruesa provocó tal revuelo que la familia Colvin decidió que era mejor que se marchara de la ciudad por unos días. A veces regresaba y se quedaba a dormir en casa de la señora Rosa Parks, una modista que militaba en la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color. Nueve meses después del escándalo, la señora Parks fue arrestada por imitar el acto de desobediencia de Claudette.

Jo Ann Robinson, jefa del Consejo Político de la Mujer, hizo un llamado a la comunidad: “Otra mujer fue arrestada y encarcelada por no querer levantarse del asiento que ocupaba en el autobús para cederle el lugar a una persona de tez blanca. Es la segunda vez desde el caso de Claudette Colvin que una mujer de color es arrestada por tal motivo. Esto tiene que dejar de suceder. La gente de color también tiene derechos, y si dejasen de usar el sistema de autobuses, el sistema no podría seguir operando”.

Rosa Parks se convirtió en el símbolo indiscutible del boicot de autobuses de Montgomery. Claudette, por su parte, aceptó que no era la más indicada para abanderar la lucha contra la segregación en el transporte público. Menos ahora, que estaba embarazada de un hombre casado. Los líderes de la comunidad resolvieron que, con sus credenciales, Claudette le haría más mal que bien a la imagen del Movimiento por los derechos civiles. Necesitaban a una persona intachable. Claudette era como un pájaro listo para el éxodo, demasiado indomable para ser una mujer ejemplar.

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