Por: María Elvira Bonilla

Alma mafiosa

LAS NOVELAS SOBRE EL OBSCENO mundo de la mafia tienen copada la audiencia televisiva colombiana.

La racha de producciones, a cual más vulgar y banalizadora de la realidad trágica y asesina que se tomó el país desde hace 30 años, comenzó con la recreación del best seller de Gustavo Bolívar, Sin tetas no hay paraíso, que hizo el Canal Caracol y siguió con El cartel de los sapos, basado en una historia real que recrea con complacencia ese oscuro universo de relaciones, imperio de la traición, la venganza y la gama completa de los comportamientos ruines propios de una condición humana degradada que aprovecha y alimenta el negocio del narcotráfico.

El éxito en el rating que los inunda de millonarias pautas publicitarias, motor y razón de ser de la televisión comercial, hizo de la temática mafiosa el negocio del mundo para el prime time de la TV. Hoy RCN y Caracol se pelean cada noche una audiencia de más de 25 millones de personas, entre El capo y Las muñecas de la mafia. RCN prepara una nueva serie: Las prepago, y Caracol, Las fantásticas, lo que asegura que habrá tevemafia para rato. Con mucha plata para los canales y degradación y confusión para la teleaudiencia.

El narcotráfico sigue vivito y coleando, imparable fuerza económica con su máquina de lavar dólares, que corrompe la política, las instituciones del Estado y sus aparatos represivo y de justicia; intacto en su capacidad para prostituir toda expresión de cultura, impone la narcoestética en la moda, la arquitectura, la decoración; construye los nuevos estereotipos, referencias e imaginarios sociales. Se instaló definitivamente en el alma colombiana.

Los mafiosos, hijos de la ilegalidad y su carga de antivalores, poco a poco dejan de ser objeto de censura o cuestionamiento. Se toleran silenciosamente, complacientemente como grandes consumidores de artículos de lujo. Amos y señores de los centros comerciales, restaurantes y la clase ejecutiva de los aviones comerciales. Camuflados donde se camuflan detrás de anteojos oscuros, del brazo de mujeres envueltas en diminutas minifaldas, vulgaridad de escotes y descaderados. El capo como referencia de comportamiento social, con toda su rudeza y arbitrariedad, además de galán de telenovela, es comprador de corazones de reinas, modelitos y chicas de farándula. Personajes como Andrés López, “Florecita”, autor de El cartel de los sapos, un narcotraficante confeso que evadió la cárcel gracias a su colaboración con la justicia norteamericana, aparece fresco en las revistas del brazo de reconocidos personajes del espectáculo como Sofía Vergara.

Son los nuevos ricos de la época, la clase emergente a la que hacía referencia el presidente Julio César Turbay hace ya 30 años, cuando vaticinó que sus miembros serían los nuevos protagonistas de la vida del país, hoy legitimados por la pantalla televisiva, dispensadora del éxito y la aceptación social.

La historia trágica del país, con sus muertos y su dolor, su desmoronamiento institucional, va camino a quedar enterrada y olvidada por la extravagancia y la vulgaridad de las tetas y las colas que estimulan cada noche a machos elementales, en la oscuridad de las alcobas tanto de los distinguidos como de los populares hogares de colombianos.

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