Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
ESTOY MUY LEJOS DE CREER QUE nuestro acuerdo militar con los Estados Unidos se pueda considerar desde un punto de vista estrictamente doctrinario.
Pero independientemente de la evaluación sustantiva del asunto, la manera en que lo ha tratado el Gobierno es, por decirlo suavemente, extraña. Es evidente que no calculó las dramáticas implicaciones que podía tener. Además —y esto es algo que sólo se puede contemplar con pasmo y alarma— exhibió un total, un indisimulado desdén por la institucionalidad del país y por su opinión pública.
Hay en todo esto un contraste curioso. Cuando Chávez se llenaba la boca con insultos desencajados contra el jefe del Estado y sus ministros, el de Defensa pedía un comportamiento sereno, sugiriendo que este era característico de los gobernantes democráticos. Muy bien. Pero en cambio, en sus divergencias con la Corte Suprema de Justicia Uribe ha utilizado una prosa no menos colorida y descompuesta —con la folclórica y brutalmente desinstitucionalizadora justificación de que él es “un gamín”— que la que estila Chávez cuando se refiere a las autoridades colombianas. Análogamente, cuando Brasil y otros países latinoamericanos pidieron información completa sobre el acuerdo militar, Uribe manifestó que estaba dispuesto a contarlo todo, sin restricción. En cambio, se saltó por la torera tanto el trámite democrático del acuerdo en el Legislativo como el control judicial, con el argumento de que no eran necesarios, pese a un concepto explícito del Consejo de Estado en contrario. Es cierto que dicho concepto no obliga, pero si no tenían intención de acatarlo, ¿para qué lo pidieron? Para echarle sal a la herida, hace pocos días el Congreso decidió citar al Ministro de Defensa para que rindiera cuentas sobre la delicada situación con Venezuela. Silva simplemente decidió no ir.
¿Por qué tanta diligencia para responder frente a auditorios internacionales, generalmente hostiles, y tan olímpico desdén frente a los colombianos, casi siempre tan propicios? Mi impresión es que el sorprendente comportamiento gubernamental está regido por las nudas relaciones de fuerza. Cede cuando tiene que hacerlo, aplasta cuando puede. Esta lógica siempre es dañosa, pero resulta especialmente nociva en un contexto como el nuestro. El resultado es que a estas alturas nadie sabe en realidad si le gusta el acuerdo o no. Esa ignorancia se debe a una decisión explícita de sustraerlo de los canales naturales de debate democrático, pese a contar el Gobierno con amplias mayorías en casi todos los foros donde éste se realiza. Es extravagante este discurso que pide apoyo y unidad nacional alrededor de una decisión —el acuerdo militar— pero al mismo tiempo la arropa con el equívoco manto de la clandestinidad.
En fin, el pago que reciben los colombianos por el embeleso con su caudillo es el consabido “porque te quiero te aporreo”. ¿Cómo evolucionará la cosa? Ojalá no nos toque aplicarnos el implacable aforismo de López Pumarejo: “Las grandes empresas del despotismo han hecho gloriosa la memoria de un hombre, y despreciable la de su pueblo, que jamás ha sido calificado de inteligente por su participación en ellas”.
