Anónimos y seudónimos

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En mi tiempo (quiero decir, en mi juventud), gente desesperada por insultar o amenazar se valía de anónimos. Mandaban cartas sin procedencia, a veces con letras de diferente tipo de máquina y, por supuesto, insolentes como lo eran sus agazapados remitentes. Símbolos de cobardía al escribir.

Otra cosa muy distinta, pero también anticuada, son los seudónimos. Entre nosotros, los ha habido muy famosos como Barba Jacob por don Miguel Ángel Osorio; o Calibán por Enrique Santos Montejo o el inefable Klim por Lucas Caballero y muchos más. Se quiere simbolizar un nombre, darle alguna sonoridad. Parecido trastrueque es el alias, pero, bueno, eso ya es cosa de delincuentes.

Aquí mismo estamos frente a un seudónimo, porque yo no me llamo Lorenzo Madrigal, soy Héctor Osuna “para servir a Dios y al rey”, como bien se sabe. No ofendo ni tengo por qué ocultar mis generales de ley. Así mismo estoy dispuesto a recibir improperios o cualquier clase de comentarios, que ahora tiene abiertos la página web para molestar a los columnistas, siempre y cuando respalden su dicho con identificación completa. Y sea la ocasión para decirles que mi mamá no fue lo que ellos dicen, sino una santita madre de todos los consuelos y sinsabores, “cuyo recuerdo en medio de la bruma es un bosque de lirios que perfuma y abre un surco de auroras en el alma”, como dijera Aurelio Martínez Mutis.

Sirva para perderme en el recuerdo infinito de su ser, a quien alguna vez vi en el jardín de mi casa en construcción, con su bata de estampados de medio luto, como quien recoge en su mano las hojas secas –ella también ya había muerto– y, dicho de paso, me dejó la casa salpicada de flores, que amorosamente pintaba, al estilo de grandes como Cano y Borrero.

Escriban, escriban sobre mis opiniones, intolerantes enemigos de la izquierda política, correveidiles del antiguo colega y hoy cuasi magistrado, fehaciente perseguidor judicial, o tal vez seguidores y familiares cercanos del segundo Nobel colombiano o aún quizás allegados políticos del noble padre Pachito de Roux, de cuya cercanía mía y afecto por él muchos ignoran.

No faltará quien piense que me debo a la corriente que aún sigue al expresidente Álvaro Uribe, al que muy posiblemente mis incógnitos enemigos secundaron en sus fechas de gloria, mientras otros enfrentábamos algunos de sus hechos, como las grabaciones bajo la mesa de los magistrados de la Suprema. Cóbrenme a mí, como Lorenzo o como Osuna (siempre con S, para presumir afinidad con el gran Duque, don Pedro Téllez Girón) que ahora reproche el encono judicial en su contra. Enfréntenme, enemigos míos indocumentados, y no se preocupen por mi madre que los mira sonreída desde el más allá. Ella me decía: “No se preocupe, mijo, que usted (en Antioquia no usábamos el tú) trabaja para el público”. Gracias, mami.

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