Por: Cecilia Orozco Tascón

Ante la crisis, respuestas de novatos

El gobierno Duque se comporta como suelen hacerlo los novatos que han tenido la suerte —casi nunca por méritos— de ascender rápido en sus carreras: sus funcionarios se muestran engreídos; exhiben la terquedad de su prepotencia… o de su ignorancia; no aceptan otra opinión, los atropella el poder que detentan como si fuera eterno y creen que el mundo se iluminó con ellos. El atentado con que el Eln les segó la vida a 20 adolescentes basado en un “derecho de guerra” que esa agrupación malinterpreta como permiso para el bandidaje cobarde, le dio al círculo gobernante la oportunidad de demostrar su capacidad de liderar, en momentos de crisis, a un país decepcionado con su elección presidencial. Pero desperdicia la ocasión con sus confusiones y ausencia de foco. Así fuera por seguir los consejos de Maquiavelo, la administración podría mostrar la altura y equilibrio que se exigen de un Estado, que no es lo mismo que se puede esperar de las bandas ilegales.

El canciller, Carlos Holmes Trujillo, hasta antes de entrar al cargo un hombre afable y comprensivo pese a militar en el uribismo, ahora no rebaja la cara de “usted no sabe quién soy yo”. Él, que conoce los manejos de la diplomacia, los omite sin medir las consecuencias de incumplir la palabra empeñada, no solo con el interlocutor en una negociación de paz que su gobierno nunca canceló formalmente; también con unas naciones que, de buena fe, se prestaron para que unos colombianos enfrentados pudieran sentarse en sitio neutral. Miguel Ceballos, amable en la academia, más parece el primer guerrero de la Casa de Nariño que el comisionado de Paz, cargo que no tiene ni tendrá papel en este cuatrienio. En su lánguido rol, da declaraciones, a veces como ministro de Relaciones Exteriores; a veces, como militar o, incluso, como investigador del CTI: anuncia las próximas órdenes de captura. 

Confieso, no obstante, que el más sorprendente es el ministro de Defensa, tan poco enterado de su cartera, tan poco atinado, tan despistado y, al mismo tiempo, tan peligroso como podría llegar a pesar de su figura de apariencia bonachona. Botero tomó la vocería oficial para revelar, al lado del fiscal general —otro que le debe estar dando gracias al Eln por los favores recibidos— el modo en que se ejecutó el acto terrorista y la identidad de quien lo detonó. Pero, en su afán y el de Martínez Neira por mostrar una eficiencia que nos hubiera sido útil antes del atentado, hizo afirmaciones falsas a las que les quiere quitar la importancia que tienen. Traigo a colación dos: 1. “Esta persona (el conductor de la camioneta-bomba) aprovecha la apertura de una puerta… y la ‘sacada’ de unas motos y a toda velocidad ingresa a la Escuela de Cadetes sin respetar a los guardias de seguridad, quienes inmediatamente, frente al hecho, comienzan a avisar a los demás guardias que hay dentro de la institución”. 2.- “Ingresa bruscamente (el terrorista)… es detectado por estas personas (de la Escuela)… y aquí (muestra un fotograma) es abordado por un oficial de seguridad que ya estaba notificado por radio… aquí está el oficial inquiriéndolo”.

Los investigadores oficiales tienen reportes contrarios: el conductor entró tranquilamente por una puerta abierta cuyo dispositivo de cierre estaba averiado. Solo esquivó un cono de tránsito, único obstáculo que había, y pasó por el lado de un auxiliar solitario sin entrenamiento en vigilancia o Inteligencia. El vehículo dio la vuelta completa a la Escuela por sus vías internas y, solo al final del trayecto, un uniformado lo inquirió porque se dirigía a una salida clausurada. El hombre retrocedió y, pocos segundos después, explotó el artefacto. La película montada por el ministro para ocultar las fallas protuberantes en un centro policial se cayó en pocas horas por las revelaciones periodísticas de quienes no tragamos entero (ver) ni servimos de consuetas a nadie. Como le era imposible negar los hechos, el ministro, en quien reside la Inteligencia del Estado, contestó molesto: “lo primero es la seguridad del pueblo colombiano. Después ya habrá una investigación interna… Tenemos que buscar a los culpables en las personas que hicieron los actos terroristas. Ni más faltaba que ahora los receptores de la culpabilidad sean las personas que estaban en la General Santander”. A ver, señor ministro, si explota un carrobomba en instalaciones policiales que se presumen vigiladas, ¿qué se espera de la seguridad del “pueblo colombiano” que circula casi sin presencia de agentes, por las calles del país? Hay que buscar a los delincuentes, claro. Y también a los responsables que permiten, con su desidia, que gente inocente sea blanco de los criminales. Yo puedo atender dos y tres asuntos al tiempo. ¿Usted no?

 

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