¿Aprenden los niños a los golpes?

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Durante mucho tiempo fue común golpear a los niños en los colegios. Quien utilizaba la expresión “vivo bajo la vara” era porque estaba asistiendo a la escuela. Hasta hace poco se aceptaba culturalmente la tesis de que “la letra con sangre entra”. Los niños eran maltratados física y emocionalmente, suponiendo que eso endurecía el carácter y preparaba para la vida. Según esta representación del mundo, los niños aprenden a los golpes y así se convierten en personas de “bien”.

La humillación y el castigo permanecieron por siglos en las escuelas del país y del mundo. En el primer colegio privado en el que trabajé, el derecho a hablar en los buses estaba reservado a las profesoras y los niños tenían prohibido hacerlo. Una mirada por el espejo retrovisor del conductor bastaba para quedar incluido en la lista negra de las violentas sanciones que vendrían al día siguiente. En clase, un auxiliar cargaba una vara para golpear a los pequeños que utilizaran los dedos para sumar y las maestras lavaban con jabón la boca de los niños para que no volvieran a decir groserías. Un día en que el rector le dio un puño a un joven de último grado, los profesores de bachillerato no aguantamos más, convocamos asamblea y exigimos respeto por los derechos de los menores. Es cierto que soy canoso, pero les puedo asegurar que nunca trabajé en un colegio en la Edad Media.

Recurrir a castigos físicos era común en las escuelas del mundo hasta bien avanzado el siglo pasado. La película The Wall (1982) nos evoca la vida de Roger Waters, uno de los geniales y excéntricos compositores de la banda Pink Floyd, en un prestigioso colegio británico en los años 60 del siglo pasado. En ella, el niño es golpeado y humillado por su profesor, quien lo ridiculiza delante de todos los compañeros por atreverse a escribir poesía. En Whiplash (2014) se plantea la humillación constante a la que se ven enfrentados los estudiantes en los competitivos conservatorios musicales de Nueva York. En países que han vivido bajo largas dictaduras, como España o Chile, las humillaciones fueron también apropiadas por los estudiantes y por eso los universitarios recibían a los “primíparos” rompiendo su ropa y enviándolos a la calle descalzos a recoger limosna. Luego podían retornar al final del día y recibir nuevamente su ropa a cambio del dinero recogido. Después de haber vivido en medio de torturas y desapariciones, la “mechoneada” que les daban a los universitarios puede parecer un juego, aunque en realidad estamos ante una violación a la dignidad humana, avalada por una cultura acostumbrada a la violencia.

A partir de 2016, un estimado de 128 países han prohibido el castigo físico en las escuelas, incluyendo todos los de Europa y la mayor parte de los de América del Sur y el Este de Asia. Colombia es uno de ellos. La ley nacional establece que el castigo físico es “una forma de violencia física en contra de los menores que desconoce el derecho a la dignidad humana”.

Sin embargo, eso mismo no pasa con el castigo físico propinado por los padres. Según una investigación de la Universidad de la Sabana realizada en 2019, el 52 % de los padres sigue golpeando a sus hijos con un objeto, por lo general un palo, el cinturón o una chancla. En la Encuesta Nacional de Demografía, cuando se les pregunta a los niños por qué los castigan, la respuesta del 70 % de ellos es muy elocuente: “Por pegarle a otros”. Vaya ironía: ¡los padres les pegan a sus hijos, para que ellos dejen de pegar!

Como puede verse, sigue siendo frecuente en Colombia que los padres humillen y deterioren a golpes la dignidad de sus hijos. Los insultan y, como sanción degradante, les quitan la comida, violando los derechos esenciales del menor. En el Congreso de la República cursa una ley para prohibir el castigo físico y el trato humillante de padres a hijos. La ley fue aprobada por 140 votos contra 13 en la Cámara y ahora pasa al Senado para la decisión final. Los parlamentarios que se opusieron expusieron tres tipos de argumentos.

El primero es que, en tanto padres, son ellos quienes deciden qué hacer con sus hijos. Es un argumento muy peligroso porque presupone que los hijos les pertenecen y que por ello pueden humillarlos, castigarlos o maltratarlos. Se expresaron en redes con el #AMiHijoLoCorrijoYo. Se equivocan, ya que los menores tienen intereses, ilusiones, proyectos y vidas propias. Como decía Jalil Gibrán: “Podéis intentar ser como ellos, más nunca intentéis que sean como vosotros, porque la vida no marcha hacia atrás, ni se detuvo en el ayer”. Por esta razón un Estado tiene que intervenir cuando se están violando los derechos humanos de los menores, mucho más si quien lo hace es su propio padre o madre.

El segundo argumento es que no debería existir un modelo de crianza estatal porque eso les quitaría autonomía a las familias. Este es un argumento bastante débil, pues hay gran distancia entre prohibir torturas o humillaciones y establecer un modelo estatal de crianza. La ley no impone ningún modelo de crianza. Lo único que hace es prohibir el castigo físico y la violencia contra los menores.

El tercer argumento lo expuso el parlamentario Jorge Eliécer Tamayo, de Colombia Justa Libres. Según él, los niños son pequeños animalitos irracionales y por eso sólo pueden responder a los palos y los golpes. Es un argumento muy propio de la Edad Media, que no vale la pena analizar. Lo único es que nos invita a pensar cómo hacemos para que, en las próximas elecciones, alguien que defienda ideas propias de los años 1400 o 1450 no quede elegido para representar a los pueblos en pleno siglo XXI. Pregunto: ¿cuándo aprenderemos a votar?

Muchos padres creen que golpear a sus hijos no genera un daño mayor y se ponen como ejemplo: “A mí me dieron fuete y véame aquí: todo un profesional y hombre de bien”. Lo peor es que eso se dice en un país en el que la mitad de los homicidios han sido cometidos por personas que conocían a las víctimas. Por lo general, eran sus propios novios o esposos. Muchos de ellos, con seguridad, fueron humillados cuando eran menores y aprendieron que los problemas se resolvían a los golpes y las patadas, aunque todos ellos seguramente se consideraban “hombres de bien”. Estamos tan acostumbrados a la violencia que, en plena pandemia, arrecia el asesinato de líderes sociales ante la indiferencia del Estado y la sociedad.

A los golpes los hijos obedecen, pero deterioran su autoconcepto y la vida en sociedad: aprenden que los problemas se resuelven con mano dura y violencia. Esas lecciones quedan de por vida. Lo que no saben es que los niños maltratados en casa son los mismos que intimidan y agreden a sus compañeros en los colegios y después, “cuando grandes”, defienden el derecho que tienen los padres a golpear a sus hijos. Como le recordaba Kafka a su propio padre, los niños maltratados “quedan dañados por dentro”.

A juicio de Estanislao Zuleta, "sólo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz". Colombia todavía no está madura para la paz, pero estas leyes van en la dirección correcta. Entender que los niños no aprenden a los golpes es un paso positivo para la construcción de la paz en el país. Al fin de cuentas, la violencia se genera primero en casa.

@juliandezubiria

* Director del Instituto Alberto Merani.

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