Apuestas regenerativas

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Una de las lecciones más inspiradoras de la ecología proviene de su revelación de la capacidad regenerativa de los sistemas, donde el componente vivo tiene un potencial restaurativo impresionante; la ventaja de haber confrontado cambios ambientales por miles de millones de años. Sin embargo, desde que los seres humanos ocupamos y transformamos toda la superficie del planeta, los procesos de recuperación requeridos para mantener su funcionalidad han sido severamente alterados, muchos de manera irreversible y letal. De ahí que la restauración represente una de las metas más urgentes de la cultura: afrontar los efectos negativos (no todos lo son) de las transformaciones de los ecosistemas, utilizar el inmenso conocimiento (no las creencias) que también hemos construido durante esa experiencia y aplicarlo en un proceso de rediseño planetario casi tan complejo como el que necesitaremos para colonizar otros planetas: ¡porque ya estamos en un planeta extraño!

Podría decirse hoy que el rasero para valorar cualquier proyecto, emprendimiento, intervención en un territorio o modificación de un modo de vida proviene de su capacidad regenerativa: toda actividad económica, monetizada o no, está obligada a demostrar su aporte a la recuperación de la salud planetaria. ¿Qué contribuciones cuantificables hacen las industrias, las comunidades o el Estado a la descontaminación, la revegetalización, la recuperación del hábitat silvestre y sus servicios derivados? ¿Garantiza la agricultura campesina o empresarial la salud del suelo, de la gente y los procesos derivados de la diversidad microbiana? ¿Contribuyen el comercio, los dragados, las vías, las represas, las refinerías, las minas, la construcción de vivienda a restablecer humedales o el hábitat de fauna y flora? ¿El fracking?

 

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