Por: César Rodríguez Garavito

Asbesto y papas fritas

¿En qué se parece una teja Eternit a una papa frita? En la silueta plana y ondulada, sí, pero también en rasgos menos obvios que han saltado a la vista en discusiones recientes sobre leyes que buscan regularlas.

El primero es el efecto nocivo de una y otra sobre la salud. Las tejas de asbesto —y otros objetos del mismo material como tanques de agua, pinturas y pastillas para frenos— son responsables de cerca de 500 muertes cada lustro en Colombia, según el Instituto Nacional de Cancerología. Muertes como la de Ana Cecilia Niño, quien falleció este año de un cáncer de pulmón después de batallar desde 2013 no solo por su salud sino también por una ley que prohibiera el asbesto, sustancia a la que estuvo expuesta en su trabajo por 17 años. Por eso lleva su nombre el proyecto de ley que cursa en el Congreso y sumaría a Colombia a los 54 países que ya proscriben el asbesto, como lo recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La OMS también propone regular la venta de papas fritas y otras comidas ultraprocesadas, en vista del daño y los costos crecientes de las enfermedades asociadas al consumo de gaseosas, jugos artificiales, galletas, cereales azucarados, empaquetados, etc. Como la obesidad y la malnutrición resultantes afectan sobre todo a los niños —y como las empresas apuntan la publicidad hacia ellos—, la recomendación es doble. De un lado, exigirle a la industria informar claramente en las etiquetas de sus productos si estos tienen exceso de sustancias nocivas para la salud, como azúcar, sodio y grasas saturadas. De otro lado, limitar la publicidad (con frecuencia engañosa) dirigida a los niños y niñas. Así lo hizo una ley ejemplar de Chile el año pasado y lo propone un proyecto de ley presentado al Congreso colombiano.

La segunda similitud es que el intento de prohibir el asbesto y la regulación de la comida ultraprocesada tienden a naufragar por la misma razón: el lobby furtivo pero eficaz de los productores. Lobby que el año pasado hundió la idea del impuesto a las gaseosas, ahora hace tambalear la propuesta sobre el etiquetado de productos ultraprocesados y ha bloqueado siete intentos de prohibir el asbesto a lo largo de los años. (La octava puede ser la vencida, porque la ley antiasbesto acaba de pasar el primero de cuatro debates en el Congreso).

Lo que lleva a un último rasgo compartido por la teja y la papa frita. Entre sus defensores se encuentran algunos expertos contratados por las industrias para distorsionar la evidencia científica y sembrar incertidumbre sobre el impacto perjudicial para la salud. Son los “mercaderes de la duda” que los investigadores Naomi Oreskes y Erik Conway han encontrado en campañas contra la regulación del tabaco, los combustibles fósiles, el cambio climático y ahora el azúcar.

En Colombia estamos en mora de documentar el lobby de las industrias: sus contribuciones a las campañas políticas, la presión sobre los congresistas al momento de deliberar y votar. Un buen comienzo es seguirles la pista a los lobistas y los mercaderes de la duda sobre el asbesto y las comidas ultraprocesadas.

*Director de Dejusticia.

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