Por: Claudia Morales

Así es ser vecino de Doña Juana

Cuando ustedes viajan desde Bogotá hacia los Llanos Orientales, ven a su derecha la montaña de casas que como un rompecabezas desordenado arma Ciudad Bolívar, pasan sobre el río Tunjuelito y más adelante encuentran el Relleno de Doña Juana.

Los habitantes de esa localidad también son bogotanos, allá les botan aproximadamente 6.000 toneladas diarias de residuos de Bogotá, Cáqueza, Chipaque, Choachí, Fosca, Gutiérrez, Ubaque y Une, y su vida, en muchos sentidos, no es grata por el pésimo manejo del relleno.

Desde 2010, el Consorcio Centro de Gerenciamiento de Residuos (CGR) opera Doña Juana, tiene ganancias anuales por $36.000 millones y su contrato vence en 2022, pero gracias a una idea del alcalde Enrique Peñalosa podría quedarse como operador hasta el 2070.

“Hay que estudiar detalladamente y comprar predios. Incluso si hay que hacerlo forzosamente mediante expropiaciones cuando los dueños no quieran venderlos”, afirmó Peñalosa en la Cámara de Representantes el 22 de agosto. La fórmula resumida es expropiar, subir las tarifas del aseo, ignorar a la Corporación Autónoma Regional que determinó que la licencia de CGR vence en 2022, y pasar por alto las tecnologías de avanzada para manejar desechos que son exitosas en otros países.

A ese negocio deben ponerle lupa porque ese operador que el alcalde quiere dejar de forma vitalicia está desfinanciado y tiene en su hoja de vida multas, investigaciones de la CAR, la Fiscalía, la Personería, y desde que está manejando el relleno han desmejorado las condiciones de vida de los vecinos del lugar.

La maquinaria que maneja CGR está incompleta, varias chimeneas del relleno se perdieron, el agua se acumula porque las tuberías están tapadas y las plantas no manejan adecuadamente los lixiviados. Hay grietas en la zona VIII del relleno porque la basura está mal compactada y eso es advertencia de un nuevo derrumbe.

En el mismo debate, Peñalosa sostuvo que “no es cierto que haya evidencia de problemas de salud causados por el relleno Doña Juana distintos a los que existen en cualquier parte de la ciudad”. Él no sabe que hay estudios en Estados Unidos, Canadá, en diez países europeos y aquí en la Universidad del Valle que dicen lo contrario.

Para ver en el terreno la realidad, fui a visitar a los habitantes de Mochuelo Alto, vecinos del relleno. Niños y adultos tienen picaduras infectadas en su cuerpo, padecen de virus que producen diarrea y vómito y es tal la cantidad de moscas que parecen tapetes negros esparcidos en todo el barrio. En el Chicó también debe pasar lo mismo, si entendí bien al alcalde.

Rosa Muñoz, empresaria de Lácteos Santa Mónica, dice: “estamos asustados porque hemos visto cambios muy malos a través del tiempo. Cuando empezó el relleno nos hablaron de construir el mejor parque para Bogotá, de arborizar, pero han sido miles de mentiras”.

En su casa, Martha Marentes se queja, “estamos que sacamos la mano. Para comer nos toca encerrarnos. En el verano son las moscas y los olores inmundos, y en invierno aparecen las ratas”. Cada persona con la que hablé cuenta sus experiencias con las alergias en la piel, las infecciones y hasta la presencia de mercurio en su pelo.

Esos cerca de 6.000 vecinos de Doña Juana no reciben condiciones de vida dignas. Y el resto de los bogotanos deben saber que cada bolsa de basura que tiran les llega allá, a donde ustedes nunca van, y que el alcalde, el operador y otros funcionarios están por hacer una trampa de consecuencias aún no calculadas.

*Periodista.

@ClaMoralesM

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