Avatares del tiempo

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Es casi imposible, en la transición de un año a otro, no reflexionar sobre ese misterio que es el tiempo. “Este final / del año / sin mujer y sin hijos, / ¿no es igual al de ayer, al de / mañana?”, se pregunta Pablo Neruda en su Oda al primer día del año, para recordarnos que el tiempo es también una convención y una materia maleable a la que los hombres le damos las más distintas formas.

“Para que el tiempo no sea un flujo inconsistente”, los hombres hemos creado entre otras cosas los rituales y, entre ellos, los ritos de paso, que “estructuran la vida como si fueran estaciones”. La idea está expresada en La desaparición de los rituales, el último libro de Byung-Chul Han, un autor al que me perdonarán los lectores que cite tan a menudo. Y es que lo admiro, a pesar de sus reiteraciones —¿quién no las tiene?—, pues resulta siempre estimulante y esclarecedor. Cerrar. Abrir. Eso es lo que hace un ritual de paso, que nos reúne porque somos seres gregarios que sentimos cada tanto tiempo la necesidad de celebrar el tiempo —un cumpleaños, un nacimiento— o de dolernos juntos en una ceremonia de duelo, otro ritual de paso.

Todo esto es lo que nos ha quitado la pandemia: la felicidad de la fiesta sin restricciones ni aprehensiones, pero también la posibilidad de congregarnos para el silencio y el llanto en los velatorios; las alternancias necesarias entre la vida rutinaria, sostenida por la costumbre, y las pausas para el descanso, lo novedoso, las vacaciones, el viaje. Todo ha perdido su límite. El trabajo desborda los horarios habituales, un sábado puede ser idéntico a un lunes, los cónyuges ya no gozan del aire necesario que permitían los distintos oficios, los hijos se asfixian de estar eternamente con los padres… Pareciera, sin embargo, que la pulsión del ritual, de la fiesta, hubiera sido superior a la sensatez o al miedo, y que muchos, en negación absoluta del peligro, se volcaron a novenas, navidades celebradas con la familia extensa, fiestas de fin de año que se olvidaron de distancias y tapabocas. ¿Las consecuencias? Que las restricciones urgidas por el contagio nos devolvieron a los comienzos de la llamada “nueva normalidad” a la que estábamos ya habituándonos. La sensación, pues, es de retroceso. De tiempo circular. De volver a lo mismo. De estar estancados en el tiempo. Y abocados a que no haya un afuera. “Más allá del umbral está lo distinto, lo foráneo —escribe Byung-Chul Han—. Sin la fantasía del umbral, sin la magia del umbral, sólo queda el infierno de lo igual”. Con un agravante: ahora nos resulta más difícil descubrir las intensidades de la cotidianidad, de lo pequeño, que logramos ver al principio de la pandemia. Se trata, pues, más que nunca, de resistir. De decirnos, como en el poema de Neruda: “Pequeña / puerta de la esperanza, / nuevo día del año / aunque seas igual / como los panes a todo pan / te vamos a vivir de otra manera / te vamos a comer, a florecer, / a esperar”.

Adenda. Gracias infinitas a los abogados que generosamente ofrecieron hacerse cargo del caso que denuncié en la pasada columna. Ya uno de ellos lo tiene en sus manos. Y gracias a los apreciados periodistas que se interesaron. Siempre conmueve la solidaridad, pero más en tiempos tan oscuros.

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