Por: José Fernando Isaza

Banalidad

En 1961 se llevó a cabo en Israel el juicio a Adolf Eichmann, uno de los más sanguinarios criminales de la II Guerra Mundial. La revista The New Yorker envió como corresponsal a la filósofa alemana Hannah Arendt, quien escribió sobre el proceso el libro Eichmann en Jerusalén, en el cual acuñó el término “banalidad del mal”. Allí dice que Eichmann no tenía razones ni familiares ni sociales para convertirse en un depravado asesino, que durante el juicio no mostró arrepentimiento y justificaba su proceder con el argumento de que estaba cumpliendo órdenes, consideraba sus acciones genocidas como un hecho “banal” sin trascendencia diferente a lo que para él era cumplimiento del deber. Arendt fue acusada injustamente por sus correligionarios judíos, que interpretaron su tesis como una atenuación de la responsabilidad del genocida. Por el contrario, llamó la atención sobre la insensibilidad de los grandes criminales.

En nuestro país abundan los ejemplos de la “banalidad del mal”. Durante las audiencias de los paramilitares, los jefes, ante el reclamo de las víctimas por las torturas a sus hijos y la degradación que significaba jugar fútbol con las cabezas de los asesinados, se limitaban a responder: “Señora, estábamos en guerra y había que crear terror”. Los asesinos no mostraban arrepentimiento.

En la localidad de Tacueyó, departamento del Cauca, entre noviembre de 1985 y enero de 1986, dos comandantes de las Farc, Hernando Pizarro Leongómez y José Rey, dirigieron el asesinato, previa tortura, de 164 miembros de su movimiento armado. Los acusaron de ser informantes del Ejército. Muchos de ellos eran menores, no escaparon de la masacre ni las mujeres embarazadas. Nunca se produjo un acto de arrepentimiento y solicitud de perdón por la atrocidad cometida. Consideraban que estaban cumpliendo “su deber”. Las Farc expulsaron de sus filas a Pizarro y a Rey por la “mala imagen” que su acción producía.

El sicario de Pablo Escobar, Jhon Jairo Velásquez, confesó ser autor directo de 250 asesinatos y responsable de 2.500; en una entrevista afirmó: “Si Pablo Escobar me hubiera dicho que asesinara a mi padre, lo hubiera hecho”.

Hace pocas semanas, haciendo coro al jefe del Centro Democrático, calumnió al periodista Daniel Samper Ospina; poco antes había participado en una marcha en Medellín convocada por el CD. En sus declaraciones no muestra asomo de arrepentimiento ni deseo de reparar a las víctimas, considera que con su paso por la cárcel pagó toda su deuda con la sociedad.

Ni integrantes del Ejército ni sus superiores que participaron en uno de los hechos más censurables de la degradada guerra, hoy desactivada por la firma de la paz, los “falsos positivos”, han dado muestra real de arrepentimiento y resarcimiento a las víctimas. El entonces ministro de Defensa, Ospina, quien firmó la fatídica directiva que premiaba las bajas de “personas innominadas” supuestamente pertenecientes a la guerrilla, no se ha pronunciado sobre las consecuencias de su acción. El jefe supremo de las Fuerzas Armadas en múltiples ocasiones justificó los asesinatos con la frase: “No estaban cogiendo café” o “Más que falsos positivos son falsas denuncias”. Los autores directos de los asesinatos de personas indefensas ajenas al conflicto consideran que estaban ayudando a sus jefes mejorando las estadísticas de “conteo de muertos” y que actuaban conforme a las directivas ministeriales. La banalidad del mal.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de José Fernando Isaza

Celibato

Votación

Disuasión (II)

Disuasión (I)

Alucinante