Por: Arturo Guerrero

Batallas y mito fundacional

Batallas, cornetas, soldados con y sin uniforme, tambores, banderas, cuerpos sangrados: esto es lo que nos fundó. Somos país porque muchos pelearon, vivimos como ciudadanos porque otros tantos se mataron. Coexistimos en tanto los antepasados se acribillaron.

Estas patrias tan cantadas son derivadas de madres llorosas, de viudas inconsolables, de huérfanos tirados a la mala ventura. Monumentos, himnos, discursos, condecoraciones, estatuas con o sin caballo, están por todos lados montando el recuerdo de este origen de luto.

La palabra que cobija semejante carnicería fundadora es “heroísmo”. Detrás del héroe se agazapa el matarife. No es la vida la que nos exalta, es la muerte y no cualquier muerte. Tiene que ser un homicidio industrial, miles de cadáveres enrojeciendo campos, puentes, pantanos, páramos.

Las constituciones, las leyes, las proclamas de aniversario, los sermones, son el eco de innumerables asesinatos. Las fronteras se establecieron poniendo a flotar en fila los huesos de los enemigos a lo largo de los ríos y en medio del mar. Algo del ritmo de las canciones vendrá del clo clo de esos despojos sin tumba.

Los símbolos nacionales son aves rapaces, carroñeras: cóndores, águilas, halcones. Cañones piratas oxidados y rojos de todos los colores retumban en los escudos que por disposiciones superiores deben encrespar el orgullo de todos.

De modo que somos hijos de la guerra, vástagos del exterminio de semejantes, criados con litros coagulados. Desde chiquitos nos deforman en las escuelas con materias plagadas de horrores: historia, ciencias sociales, religión, ciudadanía. La vida nunca es sagrada, es sangrada.

Los padres de la patria son generales de espada, pistola y espuelas. Ellos son los que echaron los cimientos, sus gestas son nuestros gestos. Los nombres de pueblos, departamentos, plazas, teatros, picos de montañas, son sus apellidos. En 200 años ninguno ha sido sustituido por el de un artista.

Pasan los años, los armisticios, las treguas, los tratados de paz, y las guerras siguen reinando. No hay que extrañarse. De aquellas siembras estamos cosechando estas tempestades. Continuamos matándonos suavemente, igual que se trincharon los bisabuelos en los mil días que son todos los días.

No existe otro mito fundacional, estamos embebidos de cortes de franela. Tan pronto alumbra una mínima esperanza, una entrega de armas, por ejemplo, se agita con ardor el ADN nacional y las águilas negras refundan la patria sobre miles de cadáveres saludables. Por las arterias de los tataranietos surca el mismo virus letal de los ancestros.

Estas fechas onomásticas, este bicentenario iracundo ha sorprendido a la nación en lo más artero de esa periodicidad mutiladora. Por eso la gente tiene que salir a la calle a llorar por los sacrificados. Por eso los fotógrafos cuelgan exposiciones con soldaditos llorosos y niños aturdidos. Por eso los artistas se niegan a forjar monumentos y se ingenian contramonumentos para dejar la guerra por el suelo.

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