¡Beethoven vive!

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Nos encontramos en el año Beethoven, durante el cual el mundo recuerda los 250 años del nacimiento del genio musical, quien nos dejó una extraordinaria herencia que aún no nos cansamos de admirar y escuchar. Nadie se podía imaginar que en este año —cuando más de uno añora estar en países europeos recorriendo los sitios por donde deambuló el gran maestro—, aquí en la fría Bogotá “falleciera” otro Beethoven, de nombre pero no de apellido, Beethoven Herrera, de Líbano (Tolima), economista y profesor universitario. La noticia nos la dio Francisco Gutiérrez Sanín en su columna de hace unos días en este mismo diario. La sorpresa fue mayúscula para muchos y, sobre todo, para mí, que la noche anterior había hablado con él, cuando el artículo ya estaba en prensa.

¡Falsa noticia! El rumor le llegó a Gutiérrez Sanín y le sonó, por tratarse de Beethoven, a pesar de que este Beethoven criollo es también sordo para la música de su homónimo y, por el contrario, es el único Beethoven a quien le gustan los vallenatos. Tanto, que tras leer la nota necrológica de su amigo recordó y tarareó La muerte de Abel Antonio, a quien en su tierra le hicieron cinco noches de velorio y le faltaron cuatro.

El padre de nuestro Beethoven era un hombre de provincia, muy dado a la lectura, tanto que a sus hijos los bautizó Benhur, Galileo, Darwin, Homero-Sócrates, Lincoln y Asdrúbal, y a la única hija, Tisza, que era la hermana de Benhur. Todos, profesionales distinguidos, pero el que más “suena” es Beethoven, por ser Beethoven, a pesar de que al otro Beethoven no le gustaban los números y a este le encantan, como buen economista. Las letras de cambio las rompía o le servían para anotar un do mayor.

No sé si nuestro Beethoven criollo, después de oír las excusas de Gutiérrez Sanín, escucharía en su casa la Oda a la alegría. Creería que no y, por el contrario, prefirió oír La muerte de Abel Antonio o Tu cumpleaños, de Diomedes.

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