En un giro anunciado después de su período de recuperación del COVID-19, Claudia López, alcaldesa de Bogotá, ha acertado: el anunciado plan de rescate económico y social de la ciudad apunta a adoptar e incrementar soluciones de emergencia para atender la catástrofe que ha significado la pandemia. Se trata de adicionar a los $6,8 billones en marcha una suma alrededor de $1,7 billones destinados a renta básica, alimentación y educación para niños de 0 a 5 años, 30.000 becas adicionales para educación superior, apoyo a la microempresa y a la construcción de vivienda popular, y ejecución de obras con alto componente de mano de obra.
Lo verdaderamente original no son las metas. Sino que la alcaldesa se atrevió a reasignar recursos en el presupuesto que ya estaban destinados a otros propósitos. En este caso, Claudia entendió la naturaleza de la urgencia que vivimos. En vez de sentarse a esperar el ingreso de nuevos recursos, decidió reconfigurar lo que tenemos. Como ella misma lo dijo: “Hay cosas que vamos a sacrificar, no porque no se necesiten, sino porque la ciudad tiene hambre, los jóvenes no tienen empleo, muchas microempresas se están quebrando”. Esto es, ante un naufragio, no vale esperar al instructor de nado, sino aferrarse al leño que está a la mano. Si no fuera porque el asunto no está para caricaturas, lo verdaderamente llamativo es que Claudia ha decidido transitar el camino del sentido común, el menos común de los sentidos.
Cuando en la campaña de 2018 adoptamos un lema, “primero los pobres”, señalando la necesidad de cambiar la priorización en el diseño de los presupuestos, algunos dijeron que eso era simple retórica demagógica. El problema de los pobres no es solo la pobreza, sino que cuando se habla de ellos con empatía, muchos dan la espalda. Porque están bien acomodados en su zona de confort o por simple aporofobia.
Adicionalmente, la alcaldesa ha anunciado la plena reactivación para el 8 de junio. Es una necesidad, aun en el momento más crítico de la enfermedad. Entre finales de abril y principios de mayo, solo el 8 % de las empresas bogotanas estaban trabajando a plenitud. Lo verdaderamente perverso de la pandemia es que trae consigo dilemas insolubles. Ni siquiera queda el tradicional refugio de “los dos males, el menor”. Ambos caminos, economía o salud, están plagados de amenazas. Compadezco la situación de los gobernantes en esta situación.
Y no de menor importancia ha sido la presentación televisiva de Claudia: una dramática explicación dicha en un tono alejado de toda arrogancia y permeada de realismo. Un discurso digno de aplauso.
Coda. Al momento de escribir esta columna, no comienzan aún las negociaciones del paro. El Gobierno exige como condición previa el levantamiento de los bloqueos. En verdad, el daño a la población es inmenso. Los bloqueos que producen desabastecimiento están proscritos. En esta situación de entrampamiento, donde las partes a veces pierden la dimensión de la inacción con tal de ganar terreno en la negociación, propongo una salida simple que ha mostrado eficacia: una declaración de simultaneidad entre la instalación de la mesa y el levantamiento de los bloqueos. Ambas partes deben recordar que primero están las necesidades de las personas.