Por: Óscar Sevillano

Bienvenido el semáforo con cuenta regresiva en Bogotá

Las burlas a través de redes sociales que produjo el anuncio de la instalación y estreno del primer semáforo con cuenta regresiva en Bogotá demostraron una vez más que cualquier esfuerzo que se haga desde la Administración Distrital para cuidar de la vida de los ciudadanos va a resultar inútil, no porque los planes que se ejecuten sean innecesarios, sino porque los habitantes de la capital se resisten a abandonar esa actitud mezquina que tanto daño le ha hecho a la ciudad.

Desde la alcaldía de Samuel Moreno se viene hablando de la necesidad de modernizar la red de semáforos en Bogotá, cosa que no se hizo en ese momento porque el entonces burgomaestre estaba dedicado a saquear las arcas del distrito, y su sucesor, es decir, Gustavo Petro, que tuvo la oportunidad de demostrar que tenía toda la capacidad para ejecutar una buena administración, tampoco lo hizo por dedicarse a imitar a José Acevedo y Gómez en el balcón del Palacio de Liévano.

Ahora, cuando comienza a ser realidad, sorprende la reacción de la ciudadanía que una vez más demostró el menosprecio que siente por las acciones de la Administración Distrital para que la capital dé un paso adelante.

Este desprecio hacia Bogotá de parte de los bogotanos se deja ver cada vez que un ciudadano arroja la basura en las calles o las alcantarillas, en lugar de ponerla en las canecas o en los contenedores que se instalaron en cada esquina, las mismas que vándalos acaban para venderlas como chatarra. También, en la medida en que se destruyen los monumentos, paredes y muros con grafitis, y ni hablar de las estaciones de Transmilenio que tienen las puertas automáticas inservibles porque los mismos usuarios les han destruido el sistema eléctrico con el que funcionan.

Teniendo en cuenta lo anterior, no se podía esperar menos de los bogotanos, los mismos que piden a grito entero que se mejoren las vías de la ciudad, mientras desprecian la infraestructura que se quiere instalar para que el tráfico fluya de manera adecuada y para que las personas que necesiten caminar hacia al otro extremo de la vía lo hagan en el tiempo adecuado. Es esta la razón para instalar semáforos con cuentan regresiva que, vale recordar, ya existen en ciudades de otros países y que debieron ser instalados en Bogotá en administraciones anteriores.

A Bogotá no la hace el alcalde mayor, llámese como se llame o sea el que sea, la hacen los bogotanos, y su futuro y progreso dependen del amor y cuidado con el que se traten los elementos que componen su infraestructura.

Si con las pequeñas cosas que se van implementando —como lo es un semáforo— sus habitantes se comportan de una manera tan poco agradecida, no me imagino cómo será su actuación en el momento en que comiencen a funcionar las grandes obras que tanto han pedido, como un metro, por ejemplo, que, elevado o subterráneo, requiere también que se le cuide y se le trate bien, y esto corresponde única y exclusivamente a cada uno de los bogotanos.

Insisto, a Bogotá no la hace el alcalde, la hacen todos los ciudadanos que en ella habitan. Mi invitación es a que se deje de menospreciar lo que por ella se hace desde la Administración Distrital, no por el hecho de que no sirva, porque a todo el mundo le hace bien conocer cuántos segundos faltan para que un semáforo cambie y así calcular si alcanza a pasar al otro lado de la vía, sino porque quien ejecuta la acción se llama Enrique Peñalosa.

Más allá del alcalde de turno, la vida y el bienestar de las personas que viven en la capital del país son lo que cuenta. No está bien que, por demostrarle al burgomaestre la antipatía que puede despertar, se menosprecie lo que se hace por el bien de la ciudad, que, repito, la hacen quienes viven en ella. El cambio que se requiere en Bogotá comienza por abandonar esa actitud mezquina de sus habitantes para con ella.

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Bienvenido el semáforo con cuenta regresiva en Bogotá

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