Por: Juan David Ochoa

Bogotá 2020

Son muchos los matices entre los candidatos a la Alcaldía de Bogotá a pocos días de la elección definitiva. Las balanzas y las cifras demuestran intenciones de voto que no definen nada hasta que la Registraduría, institución siempre al borde del nihilismo, emita su comunicado oficial en las horas de la tarde, frente a todos los escándalos tradicionales y pese a todas las sospechas. Hasta ahora la tendencia progresista se inclina entre las cifras públicas por Claudia López, y los delfines del nuevo tiempo siguen intentando recobrar el aura de sus padres muertos con incienso forzoso y fotos emotivas que puedan convencer entre las lágrimas de una cultura acostumbrada a la nostalgia y al luto de sus mártires. Morris sigue en el subsuelo por razones predecibles; un candidato sub judice no tiene opciones prácticas por las causas elementales del prestigio y por la antinaturalidad de ser una opción ideal contra su propia imagen. Lo sabía desde el mismo principio de su elección bajo la sombra de Petro, que entre el naufragio y la ausencia de Ángela Robledo como su carta oficial decidió lanzarse con su escudero contra todos los riesgos posibles. Por soberbia o carencia de cálculo y pragmatismo, en terrenos tan frágiles decidieron seguir aun conociendo las inversiones monumentales de las campañas que iban a enfrentar: las cajas registradoras de Sarmiento en la imagen del púbero Turbay Uribe, de quien solo se conoce su cacareado paso por la Secretaría de Gobierno y su gateo en el Concejo, y los convenios y contratos que han servido de turbo y propulsores en la campaña de Galán. No había opciones racionales para una candidatura de izquierda si iban a competir con la tradición y los bancos con una sombra jurídica a sus espaldas. Pero lo hicieron, y las cifras de todas las encuestas lo reflejan con porcentajes contundentes.

Claudia López ha intentado despejar las dudas y el peso contraproducente de Sergio Fajardo en sus apariciones, sin mayor eficiencia. Sabe que la imagen de su mentor sigue siendo un alto riesgo en su último despegue. La negligencia y pusilanimidad del excandidato profesor en los momentos decisivos y su negativa a aparecer con posiciones claras entre los desastres y escándalos recientes le han merecido el desprecio de amplios sectores de la juventud que siguen defendiendo su futuro entre protestas y manifestaciones desesperadas, y otros sectores que sospechan, con razón, de la evidente influencia del Grupo Empresarial Antioqueño entre su apariencia independiente, una razón de peso para considerarlo un político peligroso por las palabras que no dice por conveniencias secretas.

El peligro mayor sigue siendo, por supuesto, el poder de la chequera sobre Turbay: sus discursos son monólogos preparados tras los despachos de los mismos dinosaurios de la tradición que perfeccionaron sus métodos de despiste con candidatos jóvenes que les ayudan a refrescar la oxidación y los malos olores de sus viejas prácticas. El caso Duque fue suficiente para seguir repitiendo la fórmula y apostarle una vez más a la estafa emocional y efectista de tener la imagen cosmética más atractiva entre los rostros del tarjetón. Siguen confiando en el infantilismo y en las ayudas siempre importantes de la abstención para sus números.

El metro, elevado o subterráneo, seguirá siendo el drama mayor para los tiempos postergados en que el dinero seguirá perdiéndose entre vacíos legales y viejos pactos blindados. El alcalde que llegue debe saber que su trabajo estará más condenado a la gerencia que a los grandes romances de la política.

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