Por: Arturo Charria

Bogotá y el conflicto armado

Es común escuchar que en Bogotá no se vivió la guerra. Es una frase que se repite como un rumor con aires de verdad y que condiciona la mirada que tenemos del conflicto armado y sus dinámicas.

Pero la guerra sí marcó a Bogotá y generó comportamientos en sus habitantes: en la forma como estos se relacionaban con el espacio e incluso en sus prácticas electorales. Por eso no solo puede pensarse la guerra como los hechos fácticos, sino como la construcción discursiva que se dio de esta en la capital. Así, es posible mirar esta situación a partir de tres categorías: el espectáculo, la cotidianidad y el olvido. Estas categorías no son independientes, sino que suele haber tránsitos entre ellas.

La forma más recurrente de pensar los hechos de la guerra está determinada por el potencial mediático que tiene la acción violenta y no necesariamente por la dinámica social que tienen estos en el espacio local. Esta mirada desde la espectacularidad hace que cada año ciertos acontecimientos vuelvan a narrarse, haciendo énfasis en imágenes de archivo que fijan este en la memoria colectiva. Sin embargo, no se busca una comprensión del hecho y una explicación en contexto del mismo, sino que se mira como un evento que rompe un estado aparentemente natural e incluso de “paz” que había antes en la ciudad. Este abordaje de la guerra como espectáculo la hace ver como una excepcionalidad y no como un conjunto de acciones que responden a unas dinámicas recurrentes y llenas de complejidad. En esta categoría podríamos analizar los magnicidios de líderes políticos, el Bogotazo, la toma y retoma del Palacio de Justicia, el atentado al Club El Nogal y las bombas del Cartel de Medellín.

Pero la guerra ha sido más cotidiana y la anulación de ciertos hechos, como parte de una guerra invisible, ha estado determinada por la exclusión histórica de los sectores sociales sobre los que recae dicha violencia. Un ejemplo interesante de esto se ve con las ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas “falsos positivos”. Estas prácticas siempre se han presentado, sin embargo, en los sectores más informados de la opinión pública (no de los expertos) se percibe como un hecho que ocurrió en un momento, como una mala práctica aislada y no como un conjunto de acciones sistemáticas sostenidas en el tiempo. Lo mismo sucede con acciones invisibles en las zonas de frontera de la ciudad (Ciudad Bolívar, Usme, Bosa, Usaquén, San Cristóbal, entre otros) en donde se dan toques de queda, batidas ilegales, intimidación por parte de actores armados a través de listas, panfletos, asesinatos, desplazamiento intraurbano y la “limpieza social”. Estos crímenes no son registrados y cuando se registran no son leídos como las formas de una guerra que tiene comportamientos distintos entre el campo y la ciudad.

Por último, hablar de olvido es hablar de memoria, pues resulta imposible recordar todo y, de alguna manera, al decidir hacer memoria sobre unos hechos estamos anulando otros. Sin embargo, estas decisiones no son accidentales o responden a una mirada pragmática de la memoria, sino a intereses de los actores que desde sus prácticas deciden poner el énfasis sobre determinados hechos. Por eso algunas comunidades en los barrios de Bogotá han venido construyendo su propia memoria, reconstruyendo, desde múltiples lenguajes, una guerra que sí tuvo lugar en sus calles. Estas luchas locales y territoriales contra el olvido no se agotan cuando logran terminar la reconstrucción del proceso social, sino cuando se insertan a otras dinámicas que se dieron en otros territorios de la ciudad. Ahora bien, hacer memoria no implica tener un minucioso inventario de la totalidad de situaciones que se dieron en Bogotá en el marco del conflicto armado, sino que estos ejercicios serán significativos en la medida que los ciudadanos reconozcan cómo la ciudad fue afectada de manera diferenciada por múltiples actores armados.

Así, el reto de estas memorias emergentes está en su capacidad de articulación con las lecturas hegemónicas de la guerra en Bogotá, no para disputar el sentido y la relevancia de un hecho sobre otro, sino para comprender que no se puede hablar de la guerra en Bogotá, sin esas otras memorias olvidadas.

@arturocharria

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