Por: Ricardo Bada
Yo soy como el piclafor

Botellas mensajeras

El primer día de este mes, el diario Kölner Stadt Anzeiger, de Colonia, cuya catedral “tiene tanto a la vez de piedra y nube”, anunciaba en primera plana el Día Mundial de la Escritura a Mano, y al día siguiente la puesta en marcha de un hermosísimo proyecto, “Poesía en botellas mensajeras” (porque si a las palomas mensajeras se las llama así, ¿por qué no llamar botellas mensajeras a aquellas donde confiamos nuestros mensajes?).

La original idea se debe al escritor turco Dogan Akhanli, quien ya la probó el mes de junio acá en Colonia, su domicilio de exiliado, antes de viajar a Granada, donde la policía española lo detuvo en base a una denuncia cursada desde Turquía vía Interpol. El sátrapa de Ankara abusó de un organismo internacional de persecución del delito para intentar darles caza a sus opositores. Cinismo mayor no cabe.

Al momento de escribir esta columna, Akhanli sigue en cuarentena en España hasta que Ankara concrete ante la justicia del país las razones de su hostigamiento policial. Y en Madrid, donde espera, Akhanli tiró ese día 2 su mensaje en una botella de leche al Manzanares, que con suerte llegará al Jarama, y del Jarama al Tajo, y por el Tajo a Lisboa, y a lo mejor hasta atraviesa el estrecho de Gibraltar y recala en Estambul. Su texto dice: “Los déspotas pagados de sí mismos propagan cada vez más miedo y conducen a la humanidad al abismo. Tenemos que creer en la magia de la resistencia, para yugular todavía a tiempo esa amenaza. ¿Somos tan tontos que no hemos podido aprender de la experiencia?”.

La idea es que renombrados escritores lancen botellas con mensajes manuscritos al mar o al río más cercano, enviando copia facsímil a tres grandes diarios alemanes (de Colonia, Fráncfort y Berlín) que las reproducirán en sus páginas culturales. Ese mismo día 2, amén del texto de Akhanli, se publicaron dos de las escritoras alemanas Noos Bossong, que echó el suyo a las aguas del Spree en Berlín, y Hannah O’Brien —casada con un irlandés, de ahí su apellido— a las del Rin acá en Colonia; y además el del autor turco Burhan Sönmez, quien arrojó al Bósforo un mensaje estremecedor que clama así: “¿Hay alguien ahí afuera? ¿Pueden oírme? ¡Eh! ¿Hay alguien ahí afuera?”.

Creo que voy a pedirle a Ángeles Mastretta que tire una botella con un mensaje al Caribe en Chetumal/Yucatán, y a Nélida Piñón otra al Atlántico desde la Praia da Fora —al pie del Pão de Açúcar—, y a Héctor Abad Faciolince otra al río de Medellín, con la loca esperanza de que atraviesen el Atlántico, penetren al Rin por Róterdam y detengan su odisea en la orilla del río al final de la calle donde vivo. Yo mismo las llevaría a la redacción del diario.

 

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