20 Nov 2020 - 3:00 a. m.

¡Burócratas del mundo: uníos!

Informa la representante Juanita Goebertus que no presentará su nombre para la próxima legislatura. En cambio, quiere dedicarse al “servicio público”.

La noticia es doblemente importante. En primer lugar, por el lado negativo: es de lamentar que abandone el Congreso una sistemática, poderosa, serísima defensora de la paz. Se pueden contar con los dedos de una mano las personas que quieren, y sobre todo pueden, jugar un papel equivalente. Algunos creyeron que era su deber hostilizarla por su autodefinición como “centrista”. Error. El peso de los argumentos propaz de Goebertus en cada participación era enorme. Por lo demás, hace rato los marbetes me dejaron de impresionar. Por ejemplo: si una política tiene alguna característica positiva importante (digamos: es propaz y/o pro inclusión social, tiene simpatías por cambios agrarios serios, no le gusta que le den bala a la gente), me voy a concentrar en ella y no en la etiqueta. Eso sí: si no quieren o logran unirse para el 2022, se los van a comer a todos vivos. Independientemente de cómo se autodenominen. Afirmarse para excluir a otro no es buena idea.

Pero, hablando de autodefiniciones, Juanita no quiere ser más política: preferiría ser alta funcionaria. Y ese es el segundo aspecto (positivo) de la noticia. Contar con valiosos burócratas en todos los escalones de la jerarquía del Estado es una condición necesaria, aunque claro no suficiente, para tener desenlaces sociales positivos.

Quien haya seguido con alguna atención la tragedia estadounidense y el intento de Trump de robarse las elecciones, a través de una combinación de presiones y leguleyadas, habrá visto que quienes hasta el momento lo impidieron fueron buenos y rectos funcionarios, a menudo miembros del Partido Republicano. El secretario de Estado de Georgia, verbigracia, se negó a cometer la ilegalidad de excluir votos demócratas en el proceso de reconteo que se lleva a cabo.

De hecho, desde hace rato un aspecto central del programa de la extrema derecha gringa es desmontar lo que ella llama “deep state”. Ese “Estado profundo” es el aparato burocrático que tiene sus propias lógicas, valores y normas. Trump intentó debilitarlo a como diera lugar (piénsese por ejemplo en el servicio postal) y lo logró hasta cierto punto. Pero sigue ahí y si el magnate desaloja la Casa Blanca será en parte por los efectos de su acción.

Una buena burocracia es también indispensable para generar procesos redistributivos serios; una vez más, una condición necesaria, aunque no suficiente, para algún éxito concebible. Por ejemplo, en el terreno de las transformaciones agrarias, históricamente ha sido clave una combinación entre presión desde abajo y funcionariado que pueda procesar, sistematizar y seguir datos y procesos. Sin músculo burocrático no esperen grandes resultados.

Uno de los principales problemas de la implementación del Acuerdo de Paz, desde el comienzo, fue la ausencia de él. Quizá se creía que bastaba con enviar a un par de personas sin respaldo y comprar unas cuantas sillas Rímax para transformar las relaciones entre región y nación y promover procesos participativos. O quizá la idea programática era no tener aparato, lo que no me sorprendería. Eso sería expresión de los tiempos que corren, pero también estaría anclado en una larga tradición. Pues vivimos en una sociedad con un aplastante espíritu antiburocrático. De las cuatro acepciones de burocracia que trae el Diccionario de la Real Academia, tres son positivas o neutras, y solamente la cuarta es peyorativa (“administración ineficiente a causa del papeleo, la rigidez y las formalidades superfluas”). Esa es la única que llegó acá. Burócrata, entre nosotros —los otros días me enteré con alguna sorpresa de que también en otros países de América Latina—, es básicamente un insulto. Y, claro, hay muchos empleados que expresan a la perfección este sentido negativo. Pero la cosa va más allá.

Para poder imaginar seriamente una salida a nuestros enredos es fundamental ir en contravía de aquella tradición.

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