Por: Mauricio Rubio

Buzón de quejas contra el acoso sexual

El acoso sexual es casi imposible de sancionar por la falta de pruebas. Los escándalos recientes indican que eso se podría solucionar.

Stella García, contratista de una entidad distrital, fue acosada sexualmente por Camilo Páramo, ejecutivo de la misma oficina. El relato del incidente en la Sentencia T-265/16 de la Corte Constitucional es escueto. Días después de anunciarle que la quería apoyar laboralmente, y tras haber cerrado la puerta de la oficina a donde la había llamado, Páramo “se baja la cremallera del pantalón y saca sus genitales y me pide que le haga sexo oral… de una vez me dice que pasara al baño… me hace una señal diciéndome que no responde lo que me va a pasar, yo abrí la puerta y salí de la oficina”.

Tras el percance, el viacrucis. La afectada buscó desesperadamente alguna instancia que sancionara a Páramo. Presentó quejas y mandó copia a cuanta entidad pública se le ocurrió. Además de largo e inoficioso, el periplo tuvo ribetes insólitos, como exigirle la historia clínica —“consultas médicas de sicología y/o psiquiatría efectuadas en los últimos 18 meses”—, negarle sus pretensiones porque el incidente no había ocurrido en el marco del conflicto armado —¿acoso como arma guerra?— y no reconocerla como sujeto procesal. 

La Procuraduría absolvió a Páramo por “duda razonable” ante la “ausencia de testigos durante el hecho de violencia sexual”, como si no fuera esa, precisamente, la limitante inherente al acoso. Del relato de los hechos, por la tranquilidad y el descaro del agresor, se puede deducir que era más reincidente que principiante. Fue un hombre canchero, curtido, cuyo desparpajo indica un historial de faenas exitosas.

Si antes de acudir a la justicia Stella García hubiera mandado un correo a todas las mujeres eventuales víctimas de Páramo, tal vez habría logrado reunir varios testimonios. Fue esa dinámica de cascada la que terminó hundiendo profesionalmente al productor de cine Harvey Weinstein, y que acabará metiéndolo en serios líos penales: ante las denuncias de 14 mujeres que, después de un testimonio inicial, dicen haber sido violadas por él, sumadas al casi centenar por acoso, la policía de Nueva York afirma que puede armar un sólido proceso criminal contra el ex gurú cinematográfico, y arrestarlo. De forma menos masiva, otros casos mediatizados de acoso también tuvieron el mismo efecto: provocar una cadena de denuncias.

Tras el escándalo Weinstein, la actriz Alyssa Milano invitó a las víctimas de ataques similares a manifestarse por redes sociales reproduciendo el hashtag #MeToo. Se estima que varios millones de mujeres alrededor del mundo respondieron. Ante eso, Claudia Palacios anunció el “ocaso del acoso”. Arlene Tickner señaló que la estrategia creaba conciencia sobre la dimensión epidémica del problema pero que “su alcance transformativo puede ser bastante reducido”. Yo agrego que, específicamente, tales acciones no les hacen cosquillas a tipejos como Camilo Páramo quien solo gracias a la tenacidad de Stella García y Sisma Mujer terminó exilándose para evadir la acción de la justicia.

También por un cúmulo de quejas, Michael Fallon, ministro de Defensa británico, tuvo que renunciar. Admitió que su comportamiento pasado había estado “por debajo de los altos estándares requeridos”. Otros siete diputados conservadores están siendo investigados. Curiosamente, “todo empezó con una lista con 40 nombres que circuló por los mentideros de Westminster, recopilada anónimamente y sin contrastar, que mezcla rumores de comportamiento inapropiado y acusaciones de agresiones sexuales graves”. En algunas sociedades, los chismes aún producen vergüenza y renuncias políticas, aún sin paparazzi.

Con un pequeño esfuerzo adicional, el murmullo puede abrirles paso a testimonios formales que, sumados, dejan de ser débiles y anónimos para hacerse solidarios y contundentes en procesos judiciales robustos. Sofisticando el #MeToo, unas pragmáticas inglesas, Mujeres Laboristas Anónimas, montaron el sitio web LaborToo para que sus compañeras compartan “confidencialmente sus quejas sobre abusos sexuales, acoso y discriminación”. Este procedimiento para acopiar testimonios protege la identidad de las denunciantes mientras atrae a otras. “Habrá muchas más víctimas que se atreverán a contar sus historias en los próximos días y semanas”, predijo una persona cercana al actor Kevin Spacey, acusado por un colega de haber abusado de él cuando era menor de edad. El teatro londinense donde Spacey trabajó durante más de una década abrió una línea especial para las denuncias.

Sería ingenuo suponer que en Colombia los acosadores son siempre oficinistas grises, desconocidos y burdos como Páramo. Debe haber “ricos y famosos”, encantadores con largo historial, que ahora deberán cruzar los dedos para que no les estalle el escándalo detonante, ni les monten buzones virtuales de quejas anónimas. Ojalá que, por defender la intimidad y el buen nombre de los poderosos, el mismo legalismo que precluye una demanda de acoso por falta de pruebas no vaya a vetar esa eficaz astucia.

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