Por: Catalina Uribe

Caballero y los juegos de niños

En su ensayo sobre la costumbre, Montaigne cuenta una anécdota donde Platón reprende a un niño por hacer trampa en un juego de mesa. Cuando el niño le reprocha a Platón reprobarlo por algo tan insignificante, él le contesta que “la costumbre no es poca cosa”; quien hace trampa con maderas hará trampa con coronas. Esto último fue lo que Antonio Caballero no vio cuando escribió su polémica columna “Acoso”.

Cuando el columnista hace una división entre vulgaridad y una violación, que sí “es una cosa grave”, olvida que un violador no viola de repente, de un día para otro. A ser violador se aprende de un entorno que avala la violación. Se va dando un paso tras otro. La cosa pasa primero por el comentario, por el toque de pierna, por el pellizco de teta. Y ese pellizco, aunque no es una violación, sí es una transgresión humillante que cultiva la costumbre del abuso.

Es más, que haya una costumbre del abuso es lo que permite tan generalizada vulgaridad y manoseo. Que cualquier hombre se sienta con el derecho de cogerle el culo a una mujer, o que sienta que puede lanzarle sin más un beso en la boca, sólo ocurre en un contexto donde la violación es indiscriminada. Solo en un entorno donde el cuerpo de la mujer está tan subvalorado no importa si hay una relación de sujeción, o si hay que buscar un consentimiento.

Por eso lo más grave de toda la discusión es que, aunque hubo muchos quienes reprocharon la columna de Caballero, también hubo muchos que lo apoyaron. Hay miles de seguidores que creen que las “mujeres son quejosas” y que no hay nada grave en una insinuación sexual sin invitación, o en un manoseo. Que se trata de algo vulgar, sí, pero no de algo tan grave como para armar un escándalo. En últimas, defienden algunos con nostalgia, las verdaderas “relaciones amorosas y sexuales entre los varios sexos” implican ciertos cotejos de hombres flechados tan duramente por Cupido que por su éxtasis debe excusárseles ciertos excesos.

 

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