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Cadáveres

10 de septiembre de 2026 - 01:09 a. m.

Rita Segato llama pedagogías de la crueldad “a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, estas pedagogías enseñan algo que va mucho más allá del matar, enseñan a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto”. La definición viene al caso a propósito del grotesco video en el que el presidente se pasea entre cadáveres en bolsas blancas, anónimos, utilería, cosas, supuestos indicadores de éxito de sus promesas militaristas y antiderechos. Según Medicina Legal, en esas bolsas había dos menores de edad.

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Más adelante, como si hubiera visto la escena, dice Segato: “La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de la crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora”. Aquí la empresa predadora es la necropolítica del nuevo proyecto de país.

La aceptación de la escena por parte de la mayor parte de las instituciones del Estado fue también aterradora. “La crueldad habitual es directamente proporcional a formas de gozo narcisista y consumista, y al aislamiento de los ciudadanos mediante su desensibilización al sufrimiento de los otros”, dice también Segato, y lo escribió mucho antes de que las redes y la IA cumplieran esa función de aislamiento y desensibilización. Al tiempo que vemos el video de De la Espriella caminando entre cadáveres, vemos animaciones de un tigre amable y bondadoso que ayuda a la ciudadanía. Ambas imágenes en un scroll de consumo infinito.

La defensora del Pueblo, Iris Marín, usó la misma palabra, “crueldad”, en un video en el que pone valientemente su cara para criticar al gobierno: “La muerte no es nueva, es recurrente. La muerte de civiles y la muerte de combatientes; la muerte de inocentes y la muerte de culpables. Los numerosos grupos armados que participan en el conflicto y la criminalidad, son crueles, no respetan las reglas más mínimas de humanidad, se ufanan de impiedad y de poder. El Estado y el Gobierno no pueden dejarse llevar por una competencia para demostrar quién puede ser más cruel. No pueden disputar con los grupos armados quién produce más miedo, quién humilla más al adversario o quién convierte la muerte en demostración de poder”. La declaración fue mal recibida por el Gobierno y el ministro del interior le contestó en X, mostrando que no entendió las palabras de Marín. “El poder del Estado no se mide únicamente por su capacidad de imponer la fuerza, sino por los símbolos con los que se presenta ante la sociedad. Cada gesto y cada imagen difundida desde una institución pública comunican algo sobre lo que el Estado es y sobre los valores que defiende”, dijo también Marín en su comunicado, con mucha razón.

Días más tarde, De la Espriella apareció en la Guajira, en un video con la policía, anunciando el abatimiento de Bendito Menor frente a cadáveres en bolsas blancas en el piso. Quizás no podíamos esperar menos de un torturador de gatos. Un video puede ser un error, una insensibilidad, pero dos ya son una estrategia de comunicación deliberada para elevar la crueldad como valor central del Estado. Y esto es especialmente peligroso en un país que siempre ha estado tan lleno de cadáveres.

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