Cambiarían el nombre de América

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Américo Vespucio escribió su testamento en 1511. Dentro de su modesta herencia le dejó a su esposa cinco esclavos; a su sobrino, libros y menesteres de navegación. Ahora, cuando se ha desatado por enésima vez en la historia un ajuste de cuentas en torno a las estatuas, corre peligro su memoria y de pronto hasta el nombre del nuevo mundo. La costumbre de exaltar personas, o dioses, con estatuas y pinturas, es tan vieja como la de destruirlas para borrar su recuerdo. Hábitos primitivos y recurrentes de glorificación y castigo, sujetos a las equivocaciones de valores mutantes. En marzo de 2001 el mundo quedó pasmado cuando los talibanes dinamitaron las estatuas colosales de Buda en Bamiyan. Después lamentó el impacto destructivo que sobre la herencia cultural de Mesopotamia produjo la “Operación libertad de Irak”. Más recientemente vio con estupor la destrucción de monumentos antiguos en la guerra de Siria. De siniestros similares hay huellas en las narices rotas y genitales mutilados de esculturas antiguas. La lista de destrucción, fruto de prejuicios, odios, ánimo justiciero, venganza y derrotas o victorias militares, es interminable. Allí figuran la ruina de ciudades enteras, como Persépolis arrasada por Alejandro, ojos dragados de íconos de pantocrátoras y santos bizantinos, retratos de apóstoles denostados en guerras de religión, y estatuas de guerreros y políticos de postrero infortunio, que habitan un infierno de figuras del pasado bajadas de su pedestal. El espectáculo de ese averno da lugar a regocijo o repudio, según el filtro de valores, creencias, pasiones, memorias o tradición con el que se le vea. Aunque, cuando están de por medio principios como el respeto por la vida o la dignidad humanas, se puede celebrar sin reparos el derrumbe de imágenes de quienes se atribuyeron el mérito espurio de quedar inmortalizados en efigies, o produjeron terror suficiente, cuando no adoración inexplicable, para conseguir su entronización.

En medio de la comedia ecuménica de la vida pública, la tarea de convertir a alguien en inmortal ha quedado de pronto en manos de escultores que terminan por hacer lo que quieren, o lo que pueden. Así, muchas veces la correspondencia de ciertas estatuas con la figura de quien representan ha sido objeto de dudas, sorpresas, burlas, anécdotas o protestas. También ha existido un mercado inicuo de estatuas reconvertidas o resucitadas, que no se sabe por fin a quién representan.

No obstante, cada estatua encarna una expresión de arte cargada de vocación inmemorial. Por eso las hay que, en el juego interminable de subir y bajar, han sobrevivido los siglos; como la de Poseidón, que se yergue enorme en el Museo Nacional de Atenas, cerca de la cabeza desnarizada de un sofista, sin que nadie le cobre por las tormentas que desató. También la del Auriga de Delfos, que con su mirada serena, pies descalzos, y pulso delicado y firme de buen conductor, hace llorar a las almas sensibles. Y la de Marco Aurelio que, en el Capitolio romano, hizo arrodillar a los bárbaros en señal de respeto.

En la refriega por subsistir en la carrera hacia la inmortalidad, efigies de políticos, militares, exploradores, poetas, músicos, e infinidad de desconocidos, se yerguen en plazas, calles, cementerios y antiguos campos de batalla de todo el mundo. En torno a ellos se manifiestan diferentes versiones de la memoria de los pueblos y se juzgan la validez y la vigencia de símbolos de lo que pudo haber sido una u otra interpretación dominante del destino común. Entonces se puede advertir que no necesariamente existe una sola memoria, sino diferentes versiones y perspectivas obligadas a cohabitar, y que la capacidad para entender y respetar las que no son propias, es clave para la paz.

La andanada que ha hecho caer estatuas de esclavistas, reyes genocidas, traficantes de cautivos y colonizadores confesos de supuesta superioridad, vuelve a plantear el interminable problema de mantener o no, sobre pedestales, las figuras de personajes elevados allí como representantes de valores de otra época. Se abre de nuevo la discusión sobre la pretendida eternidad de monumentos erigidos como recuerdo y exaltación del pasado, para influir en el futuro, que puede juzgarlo todo con la distancia implacable del tiempo. Para ver si, víctimas de un juicio desfavorable, se declara su caducidad y terminan fundidas para inventar la imagen de alguien distinto, o acuñar monedas de otros recuerdos. El reproche desatado en los Estados Unidos, bajo el lema “Black Lives Matter”, a raíz de la tortura y asesinato de George Floyd, se había demorado en llegar en el seno de una sociedad que, para todas las cuentas, y en los detalles más ínfimos, tiene presente la raza como elemento diferenciador, en sorprendente contradicción de sus credenciales democráticas. Mientras no borren de verdad la mancha del racismo, vendrán brotes indefinidos de protesta y también de solidaridad. En medio de la refriega del momento, y de su expresión iconoclasta, tal vez resulte equivocado pretender que la historia esté llena exclusivamente de las huellas del bien. De pronto los orientales interpretan mejor la concurrencia del bien y el mal. La imagen entrelazada del yin y el yang, del dualismo, de la complementariedad de los opuestos, negro y blanco, cada uno con una manchita del otro en la pura mitad, muestra la necesidad de entender la concurrencia de esos dos factores, inseparables, a tal punto que, si alguien lograra eliminar por un tiempo la idea de uno de ellos, no tardaría en aparecer algún reemplazo, para que volviera a funcionar el equilibrio de la vida. No ha sido fácil entender la razón del derribo de estatuas de Cristóbal Colón. Como si volviera a tomar impulso la idea de que el destino del continente americano habría sido mejor, no se sabe por cuánto tiempo más, si los europeos, de quienes desciende la mayoría de sus habitantes, no hubieran desembarcado hace más de cinco siglos, sin saber dónde estaban, en una isla del Caribe. A ese ritmo se podría cuestionar el nombre del Distrito de Columbia, capital de los Estados Unidos, el de la universidad del mismo nombre, los de diferentes lugares geográficos y hasta el del país denominado en su honor. En la misma lógica se podría dar la condena del esclavista Américo Vespucio, con la consecuente abolición del nombre que se atribuyó al continente entero. Y no se sabe qué tan dispuestos estarían los estadounidenses a dejarse de llamar exclusivamente “americanos”, para pasar a llamarse no se sabe cómo. Fruto de la protesta, y del debate inevitable, algunas estatuas se tendrán que ir, como a lo largo de la historia miles han desaparecido, pues de lo contrario estarían por ahí todavía las de Nabucodonosor. Por lo demás, y ante la imposibilidad de configurar un mundo sin las imperfecciones del pasado, como si las equivocaciones no formaran parte del paisaje y se pudiera llegar a una “historia perfecta”, más valdría que dejen por ahí algunas estatuas incómodas con las correspondientes anotaciones en su pedestal, que recuerden los motivos de su entronización y también todo el mal que aquellos a quienes representan pudieron hacer. Así habría lugar para el reconocimiento de la inevitable coexistencia del bien y el mal.

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