Por: Rubén Mendoza
Columna vertebral

Cambio Ridicule

Mientras en el año de la paz sigue el reguero de sangre de nuestros líderes sociales, esos que creen que la vida debe suceder para todos en este único chance que tenemos de una manera digna, tranquila; mientras de nuevo soterrada e hipócritamente se va eliminando y desapareciendo a los que piensan “diferente” (¿o mejor “correctamente”?) y que podrían hacer la verdadera diferencia, nos preparamos para las elecciones y los buitres de siempre empiezan a bailar sobre el cadáver de Colombia que revuelcan cada cuatro años, buscándole una nueva tripa de dónde seguir agarrados, amamantándose.

El autodenominado Cambio Radical, por ejemplo, haciendo uso de la cobardía como estandarte, a cambio de los puestos que necesitan para seguir montados en la rosca irrefrenable, saltan del barco con su risa de juerga a roer voluntades y volverlas votos. Después de haber comerciado con sus principios durante ocho años de gobierno ahora tienen otro precio, para conseguir otros principios nuevos, sin importar el cuánto, ni las decisiones que impliquen, ni a quién haya que dar la espalda o unirse mientras pertenezca a su casta. Hay años adelante, importantes para sostener el poder y dar largas a la justicia con los procesados y condenados por todos los motivos posibles, como los tiene este “partido” en mil. Y así los eligen los líderes colombianos: como si tener vínculos criminales, procesos por corrupción o penales, fuera un requisito para inscribirse. Al frente de una fuerza siniestra, y encima negando a su propio partido para su conveniencia, está nadie más que Germán Vargas Lleras.

Y de sus hombres, los que no tienen proceso, por habilidad o mérito, se unen a ser el palo en la rueda de la palabra empeñada en esta paz y en ello se regodean y de ello se jactan porque es sangre ajena. No importa faltarle a la paz: ya los tenemos desarmados, ya qué más da cumplirles, o no. Qué vergüenza y qué dolor de presente ver hablar y actuar, como el mal actor que es, a Rodrigo Lara Restrepo. Qué momento de asco. Un tipo de 43 años, apenas siete años mayor que yo, y ya tiene esa cara rancia de “carachas”, y todas las muletillas y la gesticulación de los viejos que ostentan el poder y lo desmerecen y deshonran, y miran al mundo por encima del hombro, con una risita idiota y haciendo juegos con frases “sarcásticas” y pobres; un tipo capaz de retar a un vigilante de un parqueadero a irse a las manos por no saciar alguno de sus caprichos. Pobre espíritu; lo compadezco: le quitaron en un momento clave a su papá, que era un hombre decente, y en cambio le toca de padrino Vargas Lleras: eso debe hacer estragos horribles.

Vargas Lleras es ese tipo al que puso el gobierno a repartir casas para pavimentarle el camino al poder de turno, ese que se cree desde niño capataz de la finca (solo hay que ver esa repugnante foto del niño subido en una mesa, parado como Peter Pan, en un acto oficial de su abuelo porque la ralea es genética), un señorito. La gente va a votar por ese que ya estaba untando de mugre su candidatura desde la búsqueda de firmas, rifando hasta tiquetes y boletas para un partido de fútbol: así nos ve: como unos orangutanes que necesitamos unos tiquetes y unas boletas para que él pueda seguir tranquilo, cómodo, mandando subido en los hombros de estos orangutanes. Nos ve como una sub-raza, como le enseñaron en casa.

A Vargas Lleras me lo crucé una vez en el aeropuerto El Dorado. Fumaba debajo del letrero de no fumar, en el lugar donde lo atendían: el counter de la areolínea, al frente de quien lo atendía. Yo tenía unos 19 años y había ido a llevar al aeropuerto a un familiar. El señorito humeaba rodeado de guardaespaldas: con rabia e impotencia lo vi fumando como dueño del aeropuerto que también me pertenecía, muy machito, atrincherado en un círculo de balas listas a disparar para defenderle su derecho al cigarro. Ya había perdido los dedos con el atentado que le hicieron así que le grité mientras aspiraba el humo: “¡mire cómo le vuelve el cigarrillo los dedos!”. La gente que estaba cerca se rió: seguramente querían decir lo mismo, o quejarse de alguna manera, pero como me dijo el familiar al que llevaba, casi insultándome: “¡Cállese!. Se voltea uno de esos guardaespaldas y le mete un tiro”.

Ni los atentados ni la enfermedad lo ennoblecieron. Pero la gente perdona. Es como el hijo del dueño de la casa, aún, y al niño se le aguanta todo. A la gente se le olvida que un tipo de su calaña es capaz de humillar en público a su guardaespaldas con un coscorrón que más era un puño lleno de desprecio: golpea a la misma persona que está obligada por contrato a salvarle la vida, a poner su corazón antes que el de él en caso de que venga una bala a romperlo, antes de que toque a su “dueño”, como si por el hecho de tener poder su vida valiera más que la del otro, que la del guarura. Pero el jefe lo golpea en la cabeza de forma humillante, asquerosa, porque el tipo se enredó, o por lo que fuera: razones no faltan y no importan. Encima después en un vil acto publicitario le “pide disculpas” humillándolo más y diciéndole que “tiene que tener cuidado con la gente”.

No me imagino el dolor en esa casa, en la del guardaespaldas. No me imagino si ese guardaespaldas fuera mi papá las veces que yo maldeciría a su patrón. Lo amarga que sería la cena, viendo a mi papá cabizbajo comiendo, rumiando su vergüenza y su venganza, el movimiento que no hizo: haber tirado el arma de dotación y largarse libre, haber devuelto al menos el coscorrón, haberlo escupido… Lo amarga que sería la cena habiendo tenido que ver a mi papá aceptando a regañadientes una “disculpa” con insulto incluido, que lo revictimizaba y le hacía regurgitar la humillación y la herida.

La considero una de las situaciones más cínicas que he visto, y de las más dicientes sobre la forma en que opera nuestra clase política y nuestro arribismo, además de funcionar como una metáfora de todo lo que un tipo como Vargas Lleras y su estirpe representan: esa disculpa para nada centrada en reparar a un servidor lastimado, sino en limpiar el nombre al señorito: misión imposible, ese nombre no se limpia así nos aclararen que es un nombre limpio. Me ardía el alma, y toda la Colombia que no fue, y el presente, y saber que lo elegirían, porque el colombiano tiene alma de lavaperros: le encanta sentirse el auxiliar de un maleante, un hombre de confianza de un mafio, de un duro. Si algo ha demostrado la política es que no se necesita ser un traficante para ser un mafioso. De ahí el amor irreductible de las masas por seres aún más siniestros como Álvaro Uribe, ahora otra vez oliéndose mutuamente con Vargas Lleras, a ver si se montan, el uno al otro, al poder. Se relamen mutuamente los colmillos: no me imagino en un romance de esos dos cómo sería la sangría de este pueblo.

Y nosotros pagando y protegiendo las vidas de gente cuyos actos, y los de sus hijos, implican una cadena de muerte y de pobreza incalculables. Esos mismos que nos enseñan a mirar con sospecha los colores de piel “raros”, los acentos raros, las esencias nativas y la gente que cocina en olla grande. “Algo harían”; así de fácil nos hacemos cómplices de sus muertes y desplazamientos, así de fácil los condenamos: no es nuestra casa, no es nuestra mamá, no es nuestro hijo, no es nuestro papá. Es esa gente ruidosa que debería tener un departamento aislado (Cauca o el que sea), aparte de uno bien “blanco” y bonito, sin indios, solo con losque  amen el progreso. Sin guardaespaldas feos y brutos, sin gentuza, sin Ley Natural. Un departamento sensato donde no se diga “Recursos Naturales”  sino “Materia Prima”. Esa gentecita de esos departamenticos a los que solo la guerra mantiene a raya, a donde de veras pertenece..

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