Camilo Duque Donadio, “in memoriam”

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En la Enciclopedia italiana figuran dos Donadio. Uno es Giovanni Donadio, que construía órganos en iglesias de la península poco antes del descubrimiento de América. Nació en un pueblo de Calabria contiguo al de mi padre. Con ese dato entendí cómo mi hermano Mario, nacido en Medellín, se convirtió en un excelso constructor de clavecines. Mi padre fue toda la vida carpintero aficionado. El milagro genético que él trajo fue transmitido a Mario 500 años después, como se me antoja entenderlo, y luego se convirtió en otro prodigio cuando nuestro sobrino, Camilo Duque Donadio, tomó el primer formón en el taller de clavecines de Mario y se dedicó a la creación de piezas artísticas de madera. Camilo comenzó usando pedazos de raíces de comino crespo rescatadas de un antiguo bosque talado hace más de cien años, situado en La Buitrera, cerca de Palmira, lugar de nacimiento de su padre. También utilizaba trozos de árboles caídos y de maderas preciosas. Era ya experto en el uso del torno y en la técnica de la madera segmentada. Con el mismo ímpetu con el que viajaba por montañas y ríos de Colombia, se embarcaba en la creación de mesas, cuencos, lámparas, floreros, tablas de cocina, esferas, cofres y objetos en los que arte y artesanía se conjugaban. Su último trabajo fue un hermoso cuenco de una madera amarilla llamada Lignum vitae o árbol de la vida, con incrustaciones de polvo de turquesa.

El domingo 28 de junio, antes del atardecer, Camilo falleció en un absurdo accidente de kayak en el río Calderas, en Antioquia. Los últimos cuatro veranos los había pasado en Vermont como instructor de kayak para adolescentes en Keewaydin, el campamento de verano más antiguo de los Estados Unidos. A sus 35 años era un gran deportista. Érica López fue su novia durante diez años y estaban a punto de irse a vivir a la casa que dejó mi padre hace un año cuando murió, contigua al taller de carpintería que Camilo heredó. La consternación y la desolación que se sienten ante la partida de una persona que estaba en la mitad de la vida llama a lágrimas de sangre. Sentimos a Camilo en destellos de recuerdos familiares que caen como estrellas en el silencio. Su ausencia es como el cielo, que se extiende sobre todo. Junto a Érica y los padres de Camilo, mi cuñado de noble corazón Diego Duque y mi hermana Lucía, derramamos ahora todas nuestras lágrimas. Ellos han prodigado a lo largo de sus vidas hospitalidad y generosidad hacia todos, dentro y fuera de la familia. Lucía, escritora y editora, ha sido el faro y el puerto para muchos escritores. Ahora nosotros, familiares y amigos, tratamos de iluminar su insondable dolor con el bálsamo de un afecto incansable para darles fortaleza en las horas de desesperación.

Y nos consolamos con los versos de Shakespeare: “El amor no es juguete del tiempo, aunque el carmín de labios y mejillas caiga bajo el golpe de su guadaña. / El amor no se altera con sus breves horas y semanas. / No es amor el amor que se transforma con el cambio, o se aleja con la distancia. / ¡Oh, no! Es un faro siempre firme, que desafía a las tempestades sin estremecerse”.

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