Por: Adolfo Meisel Roca

¿Cañones o mantequilla?

PARA LAS GENERACIONES DE ECONOmistas que se formaron en la década de 1970 el texto introductorio de Paul Samuelson fue una lectura obligada.

 Pocos manuales de economía han sido reeditados tantas veces como ese libro escrito por uno de los Premio Nobel de Economía. Buena parte del éxito de ese texto guía se debió a la pluma ágil de su autor, que escribía de manera clara y con humor. A menudo Samuelson ilustraba de manera contundente los conceptos teóricos que presentaba con ejemplos vívidos.

Uno de los ejemplos inolvidables que tenía el texto de Samuelson era el de los cañones y la mantequilla. Lo usó para explicar la idea del costo de oportunidad, la piedra angular de la teoría económica neoclásica. El autor presentaba una economía que podía producir sólo dos bienes: cañones y mantequilla. En esa economía, existía un máximo de producción y se podía escoger entre producir sólo uno de los bienes, o una combinación entre ellos. Las diferentes combinaciones de ambos se conocen como la frontera de posibilidades de producción.

Los dos bienes que usó Samuelson para explicar el costo de oportunidad y la frontera de posibilidades de producción no eran aleatorios. Uno de ellos se refiere a la producción para fines militares y el otro a la producción para usos civiles. Aunque Samuelson no explicó el origen de ese ejemplo, los historiadores saben que hace referencia al discurso pronunciado por Herman Goering en 1936 en el cual le preguntó a una audiencia a la cual había arengado sobre la supuesta carrera armamentista de sus vecinos: ¿Quieren cañones o mantequilla?

Pero sin entrar en ejemplos históricos dramáticos, recordemos que la necesidad de sopesar en qué se invierten los recursos escasos la vivimos todos los días con nuestro presupuesto familiar: ¿salimos de vacaciones a Santa Marta o reemplazamos el TV que se dañó? Y tratamos de escoger lo que de acuerdo con nuestro presupuesto y nuestras necesidades, nos sirve más. En lenguaje económico, escogemos la opción con mayor relación costo beneficio. Al igual de lo que sucede con nuestras decisiones familiares, las inversiones públicas deberían orientarse por el principio de la mayor relación beneficio costo. Sin embargo, por las complejidades de la acción colectiva nuestros gobernantes no siempre aplican este criterio.

Otro ejemplo es la propuesta que están promoviendo algunos gobernadores del Caribe colombiano para que se haga un tren de alta velocidad entre Santa Marta y Cartagena. Cuando le dije a una amiga que yo no estaba de acuerdo con esa propuesta me dijo: “¡Ay! pero chévere, a mí me gustaría ir en AVE (tren español de alta velocidad) a Santa Marta”. A mí también, pero en otra vida, porque los costos son enormes y con esos recursos podríamos invertir en áreas más importantes como el capital humano de los habitantes del Caribe. Para la muestra un botón. En los ocho departamentos del Caribe colombiano hay 700.000 analfabetas y erradicar esa situación valdría 157 millones de dólares. Hacer un tren de alta velocidad, tipo AVE, de Cartagena a Santa Marta vale 4.180 millones de dólares. Acabar con el analfabetismo en toda la Costa Caribe tiene un costo que es sólo el 3,7% de lo que vale el tren. En este dilema pienso que si se le diera una oportunidad a los habitantes del Caribe colombiano para decidir con toda la información en la mano se pronunciarían a favor de la educación.

 

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