Por: Beatriz Vanegas Athías

Canto a la hamaca

Pienso en el picado de culebra, en realidad las culebras no pican, pero ajá, por esos vericuetos de la semántica, en las costas del mar Caribe, serpiente que se respete transforma sus colmillos en pico. Pienso en el picao de culebra, retomo el hilo de la idea, que, a falta de un hospital, de una ambulancia, de un camino asfaltado, veía en la hamaca el medio de transporte para salir al pueblo a buscar la posibilidad de salvarse.

Pienso en el calor de las dos de la tarde y en el sopor o mojosera en que caen quienes lo padecen, que los lleva sin remedio a darse onda en la cama de aire multicolor que bien puede estar guindada en el patio, en el pasillo, en la sala o de una ventana al tronco del árbol que tiene en frente ese ojo de la casa.

Pienso en el alivio para la madre que adormece el llanto del hijo, mientras cocina los alimentos, golpea la batea, pela la yuca, pica la verdura, sopla el fogón o impide que se le derrame la leche.

Pienso en los orgasmos de los amantes pobres que literalmente ocurren en el aire. Pienso en lo llevaderos y creativos que son los insomnios padecidos al ritmo del vaivén de la hamaca que, como un ensalmo de la infancia, trae poco a poco al escurridizo mundo del sueño hasta que ya borracho decide quien lo padece regresar a la cama a estirarse a pierna suelta.

Pienso en las hamacas que te entrenan desde muy temprano para ser oficiante de malabarismo en un circo. Lástima que creces y al adulto en que te conviertes se le olvide el niño que pudo haber sido un habitante de las alturas.

Pienso en esa forma de la fraternidad que es la pelea por las escasas hamacas sembradas en los horcones y paredes de las casas. La pelotera y la carrera que puede terminar en un empujón con su consecuente chichón, que en español no caribeño sería un hematoma.

Pienso en la hamaca como un arco iris colgado al revés para elevarse por los aires. Un arco iris cuya diversidad de colores es una metáfora porque la hamaca iguala a todas las clases sociales: las hay en la vereda como chinchorros  elaborados humildemente con sacos de urea; las hay también en los pueblos y ciudades en donde moran todos los estratos sociales. Las hay, claro que sí, en la mansión del mafioso, del rico hacendado, del profesor y de la enfermera que apenas sobrevive: todos hermanados e identificados por ese ¿objeto, mueble o tiquete hacia esa otra forma de la felicidad que es el descanso?

Pienso en las tejedoras de hamaca de Morroa en Sucre o de San Jacinto en Bolívar, que administran el arte de la paciencia y de la espera y después, en las tardes, toman café tinto al ritmo del descanso y de la conversación en una hamaca. Pienso en Adolfo Pacheco que desde los Montes de María nos regaló una bella serenata con música de acordeón, un collar de cumbias sanjacinteras y una hamaca grande en donde quepa el cerro de Maco.

 

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