Por: Santiago Villa

Capitalismo totalitario vs. capitalismo liberal

La importancia de Hong Kong es que nos da la medida de cuán debilitada está la democracia en el mundo. Es un barómetro. Si bien, durante el siglo XX, el muro que dividía a Berlín Oriental y Occidental era la arteria donde los poderes mundiales tomaban el pulso a la Guerra Fría, la frontera que divide a Hong Kong de Shenzhen es una arteria que define cuán anémica está la globalización liberal, ese ideal de los noventas que miraba hacia un mundo liderado por democracias, mercados abiertos y sólidas instituciones multilaterales que regularan un mundo interconectado.

Según Michael O’Sullivan, autor del libro The Levelling (no ha sido traducido al español), y director de inversiones en el departamento de banca privada y gestión de patrimonios de Credit Suisse, ese sueño está muriendo. El mundo es liderado por democracias liberales, pero también por capitalismos totalitarios como China y Rusia, que ya tienden más hacia el fascismo que el socialismo. Las instituciones multilaterales tradicionales -como el FMI y el Banco Mundial-, cuya solidez finalmente depende de la estrechez de los lazos entre Estados Unidos y los países de la Unión Europea, se hallan presionadas por una nueva ola de aislamiento populista cuya máxima deidad es Donald Trump.

Hong Kong fue la carga a profundidad que Gran Bretaña le dejó a China. Era una bomba hija de la globalización. Durante las dos décadas anteriores a la devolución de Hong Kong, Gran Bretaña amplió las libertades civiles y democráticas de los habitantes de la isla hasta niveles que nunca gozaron durante el siglo y medio de dominio británico. De manera que, cuando Gran Bretaña devolvió Hong Kong con la condición de que esas libertades se mantuvieran durante 50 años más, parece que los británicos esperaban que Hong Kong, a pesar de ser diminuta en comparación a la enorme masa continental, pudiese actuar a la manera de un agujero negro, y con la densidad de una economía que en los años 80 superaba a la de toda China, absorbiera al Partido Comunista y lo reemplazara por el modelo que los británicos dejaron en Hong Kong. Pero se equivocaron. Hoy, 30 años más tarde, la economía de Shenzhen, la ciudad al otro lado del Muro, es más grande que la de Hong Kong.

Hong Kong, entonces, es una medida de qué tanta fuerza de gravedad ejerce el capitalismo liberal sobre el capitalismo totalitario, o viceversa.

Fue noticia mundial la “Ley de Extradición” que presentó este año Carrie Lam, la Jefa de Gobierno de Hong Kong apoyada por China. El proyecto de ley proponía ampliar la cantidad de países con los que Hong Kong tenía extradición, e incluyó a la China continental. También fueron noticia las protestas que desató la ley. Los hongkoneses percibían que la ley abría las puertas para que el sistema judicial de China, controlado por el Partido Comunista, pudiera operar en Hong Kong, que tiene un organismo judicial independiente. Aunque la ley de extradición no contemplaba delitos políticos o de expresión, sentaba bases para que tras un par de reformas el Partido Comunista pudiese pedir en extradición a críticos suyos en Hong Kong. La Jefa de Gobierno, ante las multitudinarias protestas, tuvo que retirar el proyecto de ley sin siquiera debatirlo, y ayer dijo que “está muerto”. El deseo de proteger la democracia liberal le ganó el pulso al capitalismo totalitario.

Yo también me equivoqué. Hace unas semanas predije, durante una conversación con La Tertulia de RCN Radio, que la puja por la Ley de Extradición de Hong Kong la iba a ganar China. Lo dije porque en el 2014 los manifestantes pro-democracia ya habían perdido una pelea similar, y porque últimamente no ando muy esperanzado en la fortaleza de las democracias liberales. Agradezco este balde de agua fría para mi pesimismo, pero a la larga sigo pensando que la puja de China por Hong Kong, que es simbólicamente la puja de China por recuperar su territorio y afirmar su unidad nacional ante el mundo, terminará ganándola el Imperio del Centro.

Twitter: @santiagovillach

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