Por: Laura Juliana Muñoz
Entre líneas

Celebrar la presencia

En este mundo del multitasking necesitamos instrucciones para detenernos. Olvidamos observar el movimiento de una rama y darle a esa rama la misma relevancia que tiene tomar el bus a tiempo. Para celebrar la presencia, la atención plena del instante, habría que recetar dos libros bellamente ilustrados que recién publican dos editoriales independientes: Instrucciones para despertar una mariposa (Editorial Siete Gatos) y Las visiones fantásticas (Tragaluz).

¿Cómo despertar a una mariposa? Apenas con un respiro, el movimiento más leve, una palabra: “Enciérrate/ que solo importe/ el sonido del aire/ que sostiene tu cuerpo”, escribe Francisco Montaña Ibáñez en este libro de poesía que empezó como respuesta a su práctica de Kundalini Yoga. No hay instrucciones de posturas, pero sí hay serpientes, vacas, gatos, mariposas y metáforas para entender el movimiento y su intención: “Elévate/ el cielo es tu medida”.

La respiración, tanto en el yoga como en la vida, ayuda a enfocarse en el ‘ahora’: “Recuerda lo que el aire contiene/ y descubre allí/ tu montaña favorita”. Son viajes viento adentro o poemas para despertar. Las ilustraciones de María Wernicke cuentan una historia complementaria: un chico se enreda en un ovillo de lana y va entrelazando las rosas, la luna y lo que está a su alrededor. Es el hilo de la historia que solo se puede romper cuando al fin ha entendido las instrucciones para despertar a la mariposa que lleva adentro: “... no todo quiere ser visto/ con esos ojos tuyos grandes”.

En Las visiones fantásticas, de María José Ferrada, con ilustraciones de Amalia Restrepo que elogian lo mínimo y el color, se habla de un pequeño dios -o el dios de las pequeñas cosas- que habita en el jardín. De él murmuran las flores, que a la vez son “niñas pelo de cilantro”, y la madre que es el mirlo: “... mamá lo contaba con voz de cantar”.

Los buenos libros tienen el poder de hacernos detener, por ejemplo, en esos caracoles sonámbulos que están a la entrada de nuestra casa. Si nos acercamos lo suficiente veremos que llevan faroles, tal vez porque se creen luciérnagas. O este es el juego que nos propone Ferrada con su delicada prosa: “... una lámpara que brillaba como fruta de luz”. Sí, nos hacen falta instrucciones para escuchar a “dos Eulalias hablando de un jardín por el que atravesaba el canto de un pájaro verde”.

 

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