Por: Mauricio Rubio

Celina y los celos

A los 13 años, Celina se casó. Tuvo tres hijos, enviudó y a los 17 estaba de nuevo emparejada con quien la engañaría en su propia cama, con su mejor amiga.

No aguantó la ofensa. “Mi mamá me enseñó un credo: uno podía ser rejuntada, o casada, o lo que fuera, pero la cama había que respetarla como el altar donde se decía la santa misa”. Tenía una navaja y “se me atravesó el demonio; la cogí y me les boté. Quería dañarle la cara a ella pero el sinvergüenza estaba encima y la tapaba. Le volví nada esa jeta a él”.

-              Celina, ¿por qué hizo eso?

-              Mamita, ¿cuál fue el credo que usted me enseñó?

-              Sí, pero usted es mujer y él es hombre.

-              A mí me respetan mi cama.

Huyó de su pueblo en Antioquia hacia Bogotá. Trabajó por días y luego interna. “Un día salí y le gusté a una persona que también me agradó, empezamos a acercarnos pero como suavecito”. Al poco tiempo él le pidió que vivieran juntos. Ella todavía desconfiaba de los hombres. “Seguimos tratándonos pero como de cada ocho días y no más… me fui enamorando de él… al fin me vine a vivir acá al barrio”. Obviamente le recordó su credo. “Mire, usted es muy enamorado pero no me vaya a hacer eso en la cama porque no se lo perdono. Si usted quiere estar con otra vieja, váyase por allá a un hotel o donde se le dé la gana, pero mi pieza me la respeta, mi cama me la respeta”.

Él cumplió la promesa de no meter amantes a la casa pero no dejó de ser muy mujeriego. “Ya me tenía como aburrida, como cansada. Yo le llevaba el almuerzo y era bocadito para una, bocadito para otra. Hubo hasta siete, ahí sentadas. Mi mamá me enseñó que uno no pelea con el compañero en la calle. Entonces yo no decía nada sino que venía con esa rabia, esa ira tan horrible. Cuando llegaba por la noche me agarraba con él, y él me pegaba mucho, me pegaba por yo pelearle por las otras mujeres”.

En esa época él trabajaba lustrando en la calle. Y Celina tuvo que compartir la comida con una romería permanente de rivales. “Yo le decía que no tenía por qué cocinarle a otras. Que si les iba a dar el almuerzo, que las llevara a un restaurante. Pero que mi comida era para él y no más. Que yo le lavaba los chiros a él no más, que yo le planchaba a él y no más”.

Fueron muchos los cuernos. A veces él se perdía hasta una semana y al volver se quejaba: “ay, pero Celina no se preocupa por uno, es de las que uno llega a la casa y no pregunta nada”. Tuvieron tres hijos y él por su lado otros tres.  “Un día yo me  puse brava, y me le separé. Le dije no lo aguanto más porque usted cada rato con una vieja, a lo último yo resulto hasta con una enfermedad”.

De puro celoso, nunca quiso que Celina trabajara. “El que las hace, las imagina”, anota ella. Todas las peleas eran por las mujeres o los celos de él. Tras una separación de ocho años, y un aparatoso revés con una joven que lo botó “vino a pedirme canoa. Y yo lo perdoné pero con una condición: si usted va a seguir con su carajadita, otra vez para afuera”. La vejez lo ajuició, pero siguió celándola. Con 86 años, Celina todavía tiene que aguantar que a veces él llegue preguntándole que dónde metió al mozo.

Por simple observación y algunas lecturas, hace rato tengo claro que los celos son congénitos, diferentes por sexo —un punto debatido— y, sin duda, muy variables entre personas. Celina y el credo de su madre sugieren que el límite para que se manifiesten sí parece cultural. Las feministas aciertan al buscar redefinir la frontera de tolerancia con los celos. Se equivocan desconociendo su naturaleza instintiva y cometen un error garrafal, hasta mortífero, al predicar que esa dolencia sólo se cura con educación, sin dar pistas sobre qué hacer con quienes ya causan estragos. A diferencia del autocontrol de Celina —un solo ataque con “ira e intenso dolor”— la celotipia puede ser tan dañina que lo más razonable sea evitar una pareja que la padezca. Con menos doctrina y más ciencia se podría medir ese riesgo, sin volverlo de nuevo atenuante penal, para que alguna autoridad lo certifique a tiempo, mientras inventan fármacos contra ese “monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de la que se alimenta”.

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