Censuras virtuales

Esta semana se anuncia peligrosa para las redes sociales de internet. Por un lado, el gobierno de China arremete contra Google y le apuesta a dejar sin “buscador” a millones de chinos.

Todo en nombre de la “seguridad del Estado”. Por otro lado, Chávez anuncia que ejercerá su función de “Policía del espacio-virtual” en Venezuela. Y en las fauces del mismísimo Facebook, el gigante corporativo también aplica la censura: Facebook censuró a Juan Faerman (y a sus más de 3.000 “amigos”), un argentino que escribió el libro Faceboom, en el que hace una etnografía de los usos y abusos de esa estrepitosa red social de “amigos” de Facebook. La tesis es que más que tener amigos, la gente se vuelve amiga de Facebook (ver entrevista en el diario el Clarín de Argentina). Además, Faerman llega a plantear que la gente vive en y alrededor de Facebook como si éste fuera un sistema operativo. A veces esta virtualidad se convierte en su forma de vida. Faerman demuestra en su libro por qué “Facebook es una droga socialmente aceptada”.

La gente se siente muy feliz y muy libre en Facebook y en otras plataformas virtuales, enviándose mensajes de 140 caracteres, y se cierra al mundo (a su pequeño mundo de tristezas cotidianas, sobrepeso y alcoholismo) y luego se escandaliza cuando lee, por ejemplo, que en Corea del Sur una pareja dejó morir de hambre a su bebé de tres meses por dedicarse a cuidar a su bebé “virtual” en uno de esos sistemas operativos, mal llamados Second life, etc. Muchos no viven allí como “segunda vida”, esa es su vida principal. Creen incluso que sus miserias cotidianas dan para ser “noticia de actualidad”. Todos quieren mostrar la foto de sus vacaciones en Cartagena y el perro orinando en el jardín de la vecina.

Algunas seremos “chapadas a la antigua”, pero preferimos tomarnos un tequila en vivo y en directo en cualquier bar de la esquina, con guayabo y todo, y no brindar con emoticones desabridos. Virtudes y desengaños de la vida real y de la virtualidad. Estoy en contra de las censuras, cualquiera sea su forma, pero también soy “amiga” de pensar en las consecuencias de los excesos “virtuales”.

 Astrid Gualdrón. Bogotá.

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