Chocó y su acumulación de problemas

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Conocí el litoral Pacífico colombiano —de sur a norte—, en 1958 y 1959, cuando no existían satélites artificiales y tecnologías sofisticadas para elaborar mapas. Había que hacer primero kilométricas cadenas de mojones profundos a lo largo de distantes y elevados cerros, para continuar con levantamientos geodésicos en esos cerros, tomar luego series de fotografías aéreas superpuestas parcialmente y finalizar con tecnologías para hacer mapas. Esa era la labor principal del recién fundado Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC).

Había total seguridad en el trabajo de campo, aunque el Chocó era la región más abandonada y desconocida de un litoral también desconocido. No había aeropuertos ni carreteras costeras. Se podía ir en avioneta para aterrizar en las extensas playas firmes recién descubiertas por la marea baja del océano. También se iba en helicóptero y además en pequeños barcos de cabotaje desde Buenaventura. Quibdó y los pueblitos de los valles del Atrato y el San Juan, así como los de la costa, tenían poca población. Sólo al norte del Atrato —hacia el golfo de Urabá— había algo más de actividades propiciadas por antioqueños, aunque todo terminaba en el tapón del Darién, frontera con Panamá. La población negra e indígena sobrevivía de la pesca, pequeños negocios, rebusque y escaso turismo. Había total tranquilidad y paz, sin percibirse presencia del Estado.

A partir de la aparición —lenta y progresiva— del contrabando, grupos ilegales, narcotráfico y otras actividades ilícitas desde los años 70, surgió poco a poco la inseguridad. Lo que no se vio fue presencia estatal. La devastación de bosques primarios se hizo notoria, así como otras actividades non sanctas, incluidas las de grupos armados organizados. Pero el Estado nacional continuó invisible. Se construyeron vías raquíticas para conectar el Chocó con Antioquia y la Zona Cafetera. El turismo nacional creció un poco hasta que la inseguridad lo limitó. A comienzos del presente siglo, uno de los estrenos del presidente Uribe (2002-2010) fue volar en helicóptero para comandar una patrulla militar que fue a Bahía Solano a perseguir guerrilleros que habían secuestrado a trabajadores de Cali en vacaciones, saltándose protocolos de mando militar.

La inmensa riqueza natural del Chocó, sobresaliente en una nación que cuenta con un sinnúmero de ellas, continúa sin normatividad alguna tras el abandono del Estado. Su devastación territorial, vegetal y animal fuera de control se destaca en un país que también la sufre y que es uno de los más regionalizados y biodiversos del planeta en términos relativos.

Lo ocurrido con las tragedias de las inundaciones recientes en el Chocó —que cuenta con una de las zonas de mayor pluviosidad en el mundo, cerca a donde comienza la desembocadura del San Juan— es emblemático para entender no sólo los efectos indirectos del calentamiento global en el Caribe, sino ante todo la eterna ignorancia de los gobiernos a lo largo de la historia frente a su riqueza natural. Y prosigue ahora con un presidente parlanchín que desconoce las complejas realidades sociales y políticas de una nación que progresivamente suma asuntos cruciales sin resolver.

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