Por: Andrés Hoyos

Coletazos

El peligroso y proteico bicho de la violencia todavía da grandes coletazos entre nosotros.

Hasta hace menos de un año el tal Guacho que tiene en ascuas a Colombia y Ecuador no era nadie. Llamo la atención sobre el final de la afirmación, pues constituye el meollo del asunto. Sucede que nos gastamos cuatro años en un proceso de paz con las Farc, lo llenamos de incisos y acápites, pero se nos olvidó que la fuente del conflicto no son las personas per se, así sean perversas o desalmadas, sino la existencia de un mercado que recluta nuevos actores con facilidad. Dicho de otro modo, morirá o será capturado el Guacho y no pasará nada. Surgirán el Guacho 2, el Guacho 3, el Guacho N, como sucedió con Megateo, el pérfido jefe del Epl en el Catatumbo, que murió sin que la región haya mejorado en lo más mínimo. Por ahí andan Megateo 2 o Megateo 3, cuyos nombres reales dan igual.

Hay que repetir hasta la saciedad una conclusión establecida hace mucho, pero que no vuela en Colombia: la guerra contra las drogas es un fracaso colosal del cual tenemos que escapar para mañana es tarde. El prohibicionismo, aparte de antiliberal en su concepción, pretende deshabilitar la ley de la demanda y la oferta, si se me permite enunciarla en el orden que aquí conviene. Mientras haya demanda de drogas —de cocaína, en particular—, alguien se encargará de la oferta, alguien que por definición no es la madre Teresa de Calcuta. La erradicación de cultivos como centro de la política antidrogas es absurda. La demanda sigue, de modo que la mata que arrancan aquí la vuelven a sembrar allí, y como la coca se da en casi todos los climas y hasta entre las grietas del asfalto, por ahí no se va a ninguna parte.

¿Por qué no se entiende esta obviedad? Porque Colombia es un país embrutecido por la lora de los extremistas. Como será de soporífero el efecto del prohibicionismo, que hasta Petro le hace reverencias. En lo único en que uno hubiera agradecido una posición radical de este declarado enemigo de la economía de mercado es en el tema de la legalización de las drogas, pero no. Es tan godo en eso que parece uribista. Repite la tontería de que Colombia no puede actuar unilateralmente. ¿Y eso? Uruguay, California, Holanda y pronto Canadá actuaron o actúan unilateralmente y la tierra no se ha tragado a nadie.

Como sigue entrando un gran chorro de dinero ilegal a Colombia, zonas como los alrededores de Tumaco o el Catatumbo son volcanes activos, al tiempo que Cauca, Chocó y Arauca son volcanes dormidos que podrían entrar en actividad pasado mañana. Dicen los medios que se esperaba otra cosa debido al proceso de paz. ¿A cuento de qué esperar nada distinto si los problemas centrales —la prohibición y el mercado negro que genera— siguen intactos?

Lo más indigno es que la bestia da coletazos aquí mientras en California se monta una industria de miles de millones de dólares alrededor de la marihuana. Pero nuestros popes —dígase Juan Lozano, María Isabel Rueda o Juan Carlos Pastrana—, un poco antes de arrodillarse ante el ídolo con peluquín, se llenan la boca con palabras de indignación. Dan pena.

Tampoco entiendo la timidez de los ambientalistas tradicionales en esta materia. Viven pendientes de esta y aquella matadura puntual, sin fijarse en que la industria del narcotráfico destruye miles y miles de hectáreas de bosque primario en las zonas más delicadas del país.

Somos, en fin, un país supinopensante.

[email protected], @andrewholes

 

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