Por: Ricardo Bada
Yo soy como el picaflor

Colón y Mickey Mouse

El ratón, víctima propiciatoria de tantas especies depredadoras, suele vivir menos de tres meses, a no ser en cautividad, en cuyo caso logra cumplir unos dos años. Pero el más famoso ratón del mundo, Mickey Mouse, puede enorgullecerse de haber llegado a los 90, desde su aparición el 15 de mayo de 1928 en el corto animado Plane Crazy. Esto me ha hecho recordar que también es en 1928 cuando un jovencísimo compositor berlinés, casi desconocido en nuestros días, Erwin Dressel, de sólo 19 años, estrenó una ópera brillante que se representó en los principales coliseos de Alemania y saltó las fronteras hasta incluso la URRS: hasta Leningrado (hoy San Petersburgo), siendo dirigida por nadie menos que Dimitri Shostakovich, quien además, por si todo eso fuera poco, compuso una obertura y un finale expresamente para dicha ópera. La cual se titula Armer Columbus (Pobre Colón).

Arthur Zweiniger escribió su libreto tras madura y atenta lectura de las fuentes históricas. Si somos honestos y olvidamos la parafernalia oficial, ante el hecho colombino sólo caben dos opciones: la heroico-hagiográfica o la esperpéntica. A despecho de la retórica oficialista, es evidente que la figura de Colón y su involuntaria hazaña (que él mismo jamás reconoció) son más cosa de risa que de celebración. Zweiniger optó por la visión grotesca de los hechos. Y su gran fidelidad a la historia hizo que Colón no salga para nada bien parado en el libreto, ni tampoco Isabel la Católica, ni mucho menos Santángel, el tesorero del reino aragonés, quien supo ver desde el primer momento el lucro que podía resultar del viaje de Colón. En la ópera de Dressel, uno de los momentos más divertidos y amargos es cuando Santángel canta y baila en tiempo de vals vienés: “Das wird ein Geschäft! (¡Qué negocio vamos a hacer!)”

Pues bien, en 1992, dentro de una programación cultural secuestrada de manera omnipresente por la farsa del V Centenario, Pobre Colón fue rescatada por el Teatro Municipal de Bielefeld. Aquella puesta en escena remarcaba el trazo esperpéntico desde que se alzó el telón y vimos a Colón vestido de... marinerito. Y a fin de que no quedase ni sombra de duda sobre la intención del revival, tras acompañar a Colón en su travesía del océano, con los últimos compases de la partitura, empezó a recortarse al fondo del escenario la silueta inequívoca de Manhattan, y con el último acorde de la orquesta se prendió de golpe el telón del foro para mostrar un gigantesco y sonriente Mickey Mouse, hacia el que tendía sus brazos descubridores el pobre Colón. Después de todo, fue con Colón que nació el nuevo orden internacional, aunque tardásemos cinco siglos en damos cuenta.

 

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