A los amigos no se les da la espalda

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La expresión “es un hijueputa, pero es nuestro hijueputa” describe una larga tradición de los Estados Unidos de aliarse con dictadores, tiranos y hombres fuertes siempre y cuando estos permiten satisfacer los intereses geopolíticos de la potencia. La lista de regímenes autocráticos apoyados por Washington por razones de conveniencia estratégica a lo largo de los siglos XX y XXI es larga, así como la literatura académica que justifica el abandono de la defensa de la democracia y los derechos humanos —otros supuestos pilares del actuar internacional estadounidense— cuando las circunstancias lo exigen.

La desclasificación de nuevos documentos oficiales sobre Colombia confirma una actitud similar en el caso del trato de Washington hacia Álvaro Uribe. Como lo evidencia el análisis realizado por investigadores del National Security Archive, se trata de la primera evidencia pública de la convicción existente entre las más altas esferas del Departamento de Defensa sobre el involucramiento del expresidente con grupos paramilitares durante su paso por la Gobernación de Antioquia. Esta se suma a las sospechas evidenciadas en otros documentos desclasificados en 2018 del Departamento de Estado sobre sus vínculos con el narcotráfico. Pese a ello, el gobierno de George W. Bush estimó que el “liderazgo agresivo” de Uribe, su voluntad política de expandir el rol estadounidense en el conflicto armado y los éxitos militares a obtenerse abrían una importante ventana de oportunidad.

La primera administración de Barack Obama enfrentó un dilema en relación con Uribe, con quien coincidió durante el último año y medio de este en el poder. La falta de química entre los dos mandatarios y el peso de los escándalos de la parapolítica, el DAS y los falsos positivos, sumados al desacuerdo con el intento del colombiano de postularse a un tercer período presidencial, sugerían un cambio de enfoque. Con todo, terminó pesando más el dictum “a los amigos no se les da la espalda” sobre todo cuando a este, Bush le había otorgado la Medalla Presidencial de la Libertad y el Plan Colombia era de los pocos “éxitos” a mostrarse en política exterior.

No obstante, la tradición estadounidense de solidaridad de cuerpo suele tener fecha de caducidad y el ciclo de utilidad estratégica de Uribe y por extensión del uribismo parece estar finalizando. Si bien dentro y fuera de Colombia, se ha criticado la campaña Free Uribe contratada por los hijos del expresidente en Estados Unidos, por la desinformación que está diseminando, la pregunta de fondo es por qué se ha considerado necesario invertir tanto dinero en defender su imagen pública en el país del norte. A diferencia del pasado no tan lejano, las masacres, la violencia, la polarización, la inercia en el proceso de paz y la incompetencia general del gobierno de Iván Duque de ejercer gobernabilidad están generando más ruido en Washington que la “amistad” con Colombia, haciendo contraproducente seguir apoyando vocalmente a Uribe.

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Nuestro embajador en EE. UU., Pacho Santos, también sospechoso de vínculos con el paramilitarismo, no se queda atrás. Luego de convertir, por arte de magia, el fiasco en torno a la extradición-deportación de Mancuso en “logro” colombiano, solo falta que diga ahora que hay un complot entre ese y Timochenko para enlodarlo a él y a su exjefe.

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