“PESE A TODO LO QUE ME HE ESFORzado por tratar de buscar una solución a este callejón sin salida, no lo he encontrado, puesto que no se trata de un caso superficial de derecho contra derecho”, escribió alguna vez el crítico literario palestino-americano Edward Said (1935-2003).
Este último fue durante años el más importante intelectual palestino en Estados Unidos. En particular, desempeñó un importante papel para hacer entender en los medios norteamericanos el terrible destino de su pueblo, que después de la Segunda Guerra Mundial ha visto su existencia como nación amenazada por el legado del Holocausto y la gran tragedia histórica de los judíos.
Que Said, que estuvo siempre muy involucrado con la causa palestina, como intelectual y como activista, y perteneció durante muchos años al Consejo Nacional Palestino y estuvo cerca de Arafat, hasta que se distanció de él por diferencias en torno a los Acuerdos de Oslo, expresara una opinión tan pesimista refleja bien las dificultades para encontrar un camino para una paz duradera en estas tierras bíblicas.
Nuevamente el conflicto se ha agudizado y se reportan ya más de 700 muertos en la ofensiva desatada desde fines del año pasado por el ejército de Israel. Es difícil sustraerse al drama de estos dos pueblos. Los israelíes han sido atacados constantemente con cohetes desde la Franja de Gaza, donde domina Hamas, y por eso han decidido golpear a esa organización con todo su poderío militar, por aire y por tierra. En medio de este conflicto se hallan millones de personas de ambos bandos, que lo que quieren es una paz, que cada vez parece más elusiva. La película El paraíso ahora, del director palestino Hany Abu-Assad, refleja bien este drama a través de dos jóvenes, Said y Khaled, que se disponen a adelantar ataques suicidas en Israel, y así alcanzar el paraíso. Sus vidas tienen la terrible impronta del conflicto. Viven en la Franja Occidental y trabajan como mecánicos en un modesto taller automotriz. Su vida es monótona, con inmensa estrechez material, y sin muchas perspectivas de mejoría.
Uno de los méritos del filme es cierto minimalismo casi oriental: pasa muy poco y nunca se ve una escena violenta, hay sólo un grito, que ocurre cuando la cámara con la cual le filman a Khaled su último testimonio no funciona y él se exalta un poco y momentáneamente. Pero la violencia de los hombres contra los hombres es el gran protagonista de esta excelente película.
Al final Khaled se arrepiente y no lleva adelante su misión, por lo menos inmediatamente. En contraste, Said, el hijo de un colaborador de los israelíes, que fue ajusticiado por esa razón por los palestinos, sigue adelante, con su objetivo suicida, quizás empujado por la humillación que sufrió su familia por lo que el mismo denominó “la debilidad de su padre”. También él tiene motivos para flaquear: recientemente se ha enamorado de la joven hija de un héroe palestino. Sin embargo, ella considera que estas acciones contra la población civil israelí sólo sirven para justificar los ataques retaliatorios en los cuales periódicamente los palestinos aportan el grueso de las víctimas en esta guerra. El final es inesperado y desestabilizador, otra razón más para recomendar esta magnífica película en estos días en que cada segundo los avances de las comunicaciones nos mantienen al tanto de esta nueva fase del conflicto Israel-Palestina.