7 Nov 2020 - 3:00 a. m.

Tocaimo

La más reciente novela del escritor Alonso Sánchez Baute, Leandro (2019), nos revela un mundo con el que muchos colombianos, concentrados en las ciudades, a veces estamos poco familiarizados: la pobreza rural. Creo que el trabajo de investigación para esta novela, corta pero espléndida, tiene la mirada de un investigador social agudo. Me atrevo a describir esta obra, al igual que otras del autor, como la de un novelista antropólogo.

La novela gira en torno a la vida del cantante y compositor de música vallenata Leandro Díaz. Me parece un desacierto de los editores haber ilustrado la carátula con un acordeón, pues el vallenato no es el tema central del libro. Esta es una obra sobre la exclusión social, más aún, sobre el espíritu humano y cómo a menudo se pueden superar los obstáculos y las dificultades más grandes para salir airosos en la vida.

Leandro fue invidente de nacimiento y por eso su padre nunca lo aceptó. Tal vez era zambo, hijo de campesinos pobres y analfabetos del Caribe colombiano. Nació en Hatonuevo, municipio de La Guajira, y vivió durante muchos años en el caserío de Tocaimo, que hoy está en el departamento del Cesar. Nunca aprendió a leer braille y no fue a la escuela, pero se educó oyendo radio.

El caserío de Tocaimo es un corregimiento del municipio de San Diego. Queda en el piedemonte de la serranía del Perijá y está a orillas del río Tocaimo, que baja de la cordillera y es un afluente del río Cesar. En los playones de este último pastaba el ganado de los grandes terratenientes, así como en las sabanas de la zona, como las del Diluvio, en “donde abundan el ganado cimarrón y las mujeres bonitas”. Pero ese no era el mundo de Tocaimo, donde los campesinos bregaban por sacar unas cosechas exiguas de una tierra marginal.

Leandro creció en una tierra olvidada por el Estado y muy incomunicada, donde la actividad principal era la agricultura de subsistencia. Sus habitantes eran analfabetos, se enteraban poco de lo que sucedía en el ancho mundo, que de hecho les parecía distante y ajeno. En el libro el autor nos cuenta que en 1945, cuando se anunció en la radio que se había acabado la guerra, Leandro estaba oyendo las noticias y salió a la calle gritando: “¡Se acabó la guerra!”, a lo que muy extrañados los tocaimeros le preguntaron: “¿Cuál guerra, Leandro?”.

Sánchez Baute logra en este relato conmovedor mostrar cómo se sobrepuso Leandro Díaz a todos los obstáculos para convertirse en un hombre de éxito y lograr su independencia económica. Esa capacidad, que bien refleja en una de sus composiciones, El cardón guajiro: “Yo soy el cardón guajiro, que no lo marchita el sol, y entre penas y dolor, yo vivo con alegría, yo soy Leandro Díaz, amigo de sus amigos, yo soy el cardón guajiro, propio de la tierra mía”.

Siempre recordaremos a Leandro Díaz porque aprendió a caminar estrellándose contra las paredes, cayéndose una y otra vez, y en algunas ocasiones las caídas eran precipitadas por las zancadillas de uno de sus hermanos. También lo recordaremos por sus cientos de composiciones y por su ejemplo de dignidad, pues habló siempre del mundo que lo rodeaba y nunca aduló a los poderosos. Pero sobre todo por esos versos que están en el nuevo parnaso colombiano: “Un mediodía que estuve pensando en la mujer que me hacía soñar, las aguas claras del río Tocaimo me dieron fuerzas para cantar. Llegó de pronto a mi pensamiento esta bella melodía y, como nada tenía, la aproveché en el momento”.

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