12 Nov 2020 - 3:00 a. m.

Adiós a Jonathan Sacks

Adriana Cooper

Adriana Cooper

Columnista

El rabino más importante de este tiempo falleció en un lugar del Reino Unido el sábado pasado rodeado de su familia y en la tranquilidad del Shabat, el día de descanso en el calendario judío. La noticia apareció en tamaño discreto en algunos periódicos que dedicaron sus portadas y ediciones electrónicas a la elección de Joe Biden como presidente número 46 de los Estados Unidos. Jonathan Sacks nació en Londres en una familia de comerciantes y estudió con niños y niñas de creencias variadas. Después de estudiar Filosofía y convertirse en rabino, su nombre empezó a escucharse a través del Reino Unido por sus mensajes que invitaron a la coexistencia y al respeto. Con más de 30 libros publicados, un listado amplio de premios y 15 doctorados honoríficos, recibió en el 2005 el título de caballero que le otorgó la reina Isabel después de reconocer su talento para encontrar los puntos comunes entre personas con creencias variadas y promover la armonía entre los pueblos.

En el 2002, escribió un libro que dio a conocer su visión más allá de las fronteras británicas: La dignidad de la diferencia: cómo evitar el choque entre las civilizaciones. Tony Blair, primer ministro británico y quien acostumbró consultarlo para temas variados, resaltó dos de sus habilidades: la capacidad de expresar con claridad ideas complejas y la combinación entre genialidad y calidez humana.

Otros lo recuerdan por su amistad con el arzobispo de Canterbury, con quien debatió sobre religión e incluso asistió a varios partidos de fútbol jugados por el Arsenal. Muchos dijeron sentirse inspirados por su generosidad a la hora de dar explicaciones a sus estudiantes o a personas del común que le hacían preguntas, sin importar que fueran básicas o ya estuvieran en algunos de sus libros.

Aunque fue un hombre ortodoxo, demostró con su ejemplo que ciencia y fe no siempre se contradicen y siempre mantuvo la puerta abierta al debate, a las preguntas y a las relaciones con otras personas.

Murió convencido que gran parte de los problemas del mundo se deben a una pérdida del sentido y del significado. Consciente de esto dijo alguna vez: “Si tratamos a la gente como si fueran cosas, el resultado es la deshumanización, porque cuando miramos a la gente como objetos, la catalogamos por su color, por su clase social, nacionalidad o por su credo y la tratamos de un modo diferente según cada caso. Las cosas son cosas y las personas son personas. Ser consciente de la diferencia entre las cosas y las personas es muchas veces más difícil de lo que parece”.

Estaba convencido que los seres humanos capaces de acabar con el mundo son aquellos que intentan imponer una verdad en un mundo plural. Consciente de la importancia de construir comunidad para sobrevivir en un mundo que en muchas de sus esquinas se ha vuelto más individualista, demostró que más importante que sus doctorados, libros, condecoraciones, honores o artículos sobre moral o ética, estaba la persona, el hombre que saludaba con respeto y alegría, el que trataba a otros con dignidad y comprobó con su ejemplo aquella frase conocida de Isaac Bashevis Singer: “la bondad es la forma más elevada de inteligencia”.

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