Eran casi las 8 y 30 de la mañana y la sala de abordaje más cercana al avión que llevaba a Villavicencio estaba vacía. Por cuestiones de clima hubo cambios en la salida del vuelo y los pasajeros ya estaban adentro. Afuera, la calle estaba mojada por agua de lluvia y el aeropuerto Olaya Herrera, en Medellín, estaba vacío. La vigilante que estaba a cargo de la puerta quiso ayudarme: “Vaya y le pide el favor a alguien de la aerolínea que le lleve esas planticas hasta allá”, dijo. Yo sostenía una bolsa de papel en la mano que guardaba dos plantas de asclepia: único alimento de la mariposa Monarca.
Sucede que antes de transformarse en mariposa, las orugas se alimentan de esa planta durante varios días, y de forma continua. Si la planta se acaba y no hay alrededor, el ciclo de las orugas se detiene. Y también la posibilidad de que haya más mariposas: polinizadores esenciales y protagonistas de los ciclos de producción del alimento.
Yo estaba en el aeropuerto porque desde hace unos meses decidí cambiar mi trabajo de dirección de un periódico local por esta iniciativa que trabaja por la naturaleza. Y ya en diciembre me había pasado algo así: un hombre en Anserma, Caldas, creó un jardín para abejas y mariposas y cuando quiso buscar plantas de asclepia para estas últimas, tuvo que enfrentarse a su muerte porque en ninguno de los pueblos cercanos había plantas para ellas.
El día nos lleva hacia otros caminos y este mío, personal, y también junto a otros, me ha llevado a pensar en lo descuidados que tenemos con la naturaleza en muchos puntos de la geografía. No solo lo vemos en los casos de maltrato animal, sino también en el tipo de plantas que vemos en las zonas públicas y en los jardines. Si van al oriente de Antioquia, ahí, en medio de la belleza de sus montañas, verán las flores naranjas de la planta Ojo de poeta: planta invasora.
Si miramos con detalle y un poco más en profundidad, vemos que muchas de las plantas sembradas en los jardines obedecen a la voluntad (a veces tímida, escasa, ignorante o cómoda) de alguien que escogió la planta más fácil de sembrar o cuidar: hojas, palmas, pencas y otras que, aunque son dignas de existir, no alimentan a los seres más pequeños (abejas, mariposas, abejorros) o no aportan mucho a la biodiversidad.
El tema no está solamente en las manos de los viveros (qué plantas ofrecen, por qué y cuáles no), sino también en la voluntad de las autoridades públicas encargadas de la siembra: ¿por qué no hay asclepias en los parques? ¿Por qué las mariposas que vemos en las calles de nuestras ciudades sufren y tienen que recorrer distancias grandes para poder encontrar alimento, incluso en ciudades como Medellín?
Por fortuna, también hay personas capaces de ir más allá: gente que cuida, crea posibilidades y rescata y muestra lo que va en camino hacia el olvido, la desaparición. Al momento de enviar esta columna supe de un reconocimiento: el de Daniel Piedrahita, un hombre que cultiva, enseña sobre orquídeas y rescata algunas menos conocidas desde Alma de Bosque, un lugar que creó y existe en La Ceja, Antioquia. Su nombre acaba de aparecer en una lista de 33 personas que trabajan, en el mundo, por la naturaleza y que fue realizada por National Geographic.