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La historia del parque que no se parece a ninguno

Adriana Cooper

06 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“Si cada persona cuida una oruguita y la acompaña en su proceso, la forma de ver la vida cambiará para siempre”: Adriana Cooper
Foto: EFE - Jeffrey Arguedas
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Lo conocí por aquellos días de 2021 en que salir con tapabocas era una obligación. Ahí, en este parque que algunos han llamado el Parque de las Mariposas, y en medio de esa luz diáfana y dorada que suele caer después de las diez de la mañana, está Alberto González, un hombre que estudió humanidades e ingeniería y vive desde hace 50 años a un lado del parque, en esta esquina de la loma de El Esmeraldal en Envigado.

A él es posible encontrarlo con las manos entre la tierra, sembrando flores. O tal vez conversando con alguno de los vecinos o de las personas que llegan en búsqueda de un poco de tranquilidad o belleza. Pariente del filósofo Fernando González y hermano de otro escritor conocido, lleva años hablando de un proyecto que llena su corazón: si cada persona cuida una oruguita y la acompaña en su proceso, la forma de ver la vida cambiará para siempre.

Y esto se explica de una forma sencilla: quien cuida la oruga perderá cualquier miedo existente a los gusanos, deberá mirar si esta tiene hojas suficientes para comer, observar, tener paciencia, atreverse a preguntar. Y aprenderá lecciones simples sobre botánica: por ejemplo, que cada mariposa tiene una planta específica donde dejará sus huevos y de la que se alimentará. Si esta no existe, tal vez perecerá entre los vuelos o no dejará descendientes.

Aunque este parque no recibe aún el apoyo de las autoridades ni de ninguna empresa o entidad, se mantiene con belleza y funcionalidad, gracias a las manos y a la voluntad de la gente.

Aquí realmente no interesa la edad, el nombre ni ese número que, en Colombia, a veces se usa (con imprecisión) para saber qué tanto tienes o puedes: el estrato. Con interés y mostrar un poco de calma, cada persona es bienvenida.

Cuando miramos las cifras y salimos a las calles de nuestras ciudades, hay un aspecto innegable: la salud mental se ha convertido en uno de nuestros problemas principales. Los días rebosan en ejemplos: motociclistas sin vida tirados en nuestras calles, salones de clase llenos de diagnósticos psicológicos que muchos no entienden del todo y personas (hombres, principalmente) que se quitaron la vida y otras que no fueron educados para la tranquilidad, las relaciones sanas y el amor.

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Entonces, encontrarse un lugar así, simple, muy cerca de una de las vías principales de Envigado, Antioquia, demuestra que, muchas veces, solo se necesita voluntad, dejar el miedo de acercarse a otros y que, con unas cuantas acciones, un lugar puede florecer, no sólo en la tierra literal, sino también en los lugares públicos y cercanos.

Cuando la gente piensa en regalos, imagina un papel bonito para envolver, un almacén, una tarjeta, un momento, una persona específica. Y olvidamos que a veces también es posible regalar unas flores a un parque, unos minutos de conversación al vecino o unas semillas a la tierra.

En un mundo de personas heridas o donde el egocentrismo encuentra un lugar con facilidad, estar en un parque así demuestra que también es posible encontrar la tranquilidad. Y entender qué es el cuidado, a través de la siembra, de las reuniones con desconocidos y del apoyo a ese mundo frágil de flores, abejas o mariposas que llegan con la luz diáfana de la mañana, de un día cualquiera.

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