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Abelardo: fe y WhatsApp

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Adriana Villegas Botero
19 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
"Para el ciudadano que toma su decisión de voto a través de WhatsApp, no hace falta leer programas de gobierno ni que su candidato vaya a debates": Adriana Villegas Botero.
"Para el ciudadano que toma su decisión de voto a través de WhatsApp, no hace falta leer programas de gobierno ni que su candidato vaya a debates": Adriana Villegas Botero.
Foto: EFE - ERNESTO GUZMÁN
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Hace una semana fui a un show en tarima de Abelardo de la Espriella y desde ese día estoy nerviosa. Tengo dos pensamientos recurrentes: el primero es que hace 10 años los medios no vislumbraron el triunfo del “No” en el plebiscito sobre el Acuerdo de Paz. El segundo es que hace cuatro años Rodolfo Hernández perdió la Presidencia por apenas 700.000 votos. Un margen pequeño para alguien que a sus 77 años solo era conocido en Bucaramanga hasta poco antes de lanzarse; que tenía múltiples denuncias de corrupción; con una vicepresidenta anónima; y que a última hora abandonó la campaña, dejó de aparecer en medios y solo salió en TikTok cantando “re locos papi, re locos”.

Temo que la segunda vuelta sea entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, y veo diferencias entre Abelardo y Rodolfo, más allá de sus cuestionadas hojas de vida y sus ridículos videos de reguetón. Abelardo tiene 47 años; una fórmula vicepresidencial que le disimula su narcoestética de abogado de bandidos; una estrategia de mercadeo político calcada de Donald Trump y Javier Milei; y un discurso religioso que los que no vamos a iglesias no vemos, pero cautiva a muchos de los que sí van. Lo comprobé el día que fui a su presentación en Manizales. Les pregunté a varios asistentes cómo se enteraron de esa alocución y dijeron “en el culto” y “por WhatsApp”.

En lo de WhatsApp, la campaña de Abelardo es como la de Rodolfo Hernández: existen múltiples grupos segmentados por ciudades, en los que la gente recibe todos los días (¡todos los días!) videos de saludos de Abelardo, fotos y mensajes cortos que los hacen sentir partícipes de una causa común: el antipetrismo. Para el ciudadano que toma su decisión de voto a través de WhatsApp, no hace falta leer programas de gobierno ni que su candidato vaya a debates. Tampoco necesita columnas de opinión (aunque si sale alguna favorable a su nuevo mesías la rotan por WhatsApp). Lo relevante es que alguien de confianza lo invite al grupo y, una vez allí, comprobar que no está solo porque muchos piensan similar. “¿Ustedes, al igual que yo, creen que bandido que no se someta a la ley hay que darlo de baja?”, reza Abelardo en sus shows. La lluvia de emoticones en WhatsApp equivale al “sííí” en la alocución en vivo.

Dar de baja a los bandidos, destripar a la izquierda, revertir los fallos que despenalizaron el aborto y volver obligatoria la educación religiosa en los colegios requiere otra Constitución, pero Abelardo le deja la palabra “constituyente” al petrismo. Lo que sí dice es que se volvió creyente hace seis años y con ese cuento cautiva a votantes que van desde el Opus Dei hasta la Misión Carismática Internacional. Evade aclarar si ahora es católico o pentecostal y las piezas de su campaña invitan a la “oración ecuménica”. El resto ocurre en homilías y grupos de oración: bien sea promoviendo a Abelardo, o diciendo que “el enemigo más grande que tiene el cristianismo es el comunismo”, como leí en un volante.

Su machismo ramplón, que alardea del tamaño de su pene y cojones (¿qué trauma tendrá?) no le quita votos entre su fervorosa feligresía. Al contrario, lo aplauden y escriben en redes “¡así se habla!”. Estamos ante un peligroso acto de fe.

Adriana Villegas Botero

Por Adriana Villegas Botero

Periodista, abogada y doctora en literatura. Autora de los libros ‘El oído miope’, ‘El lugar de todos los muertos’ y ‘Sakas’. Profesora en la Universidad de Manizales. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
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