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Llevamos un mes en shock porque dos terremotos simultáneos son demasiado para esta pobre humanidad, agobiada y doliente. El del 10 de agosto a las 7:34 a. m., con epicentro en San José del Palmar, tuvo consecuencias graves en cinco departamentos del occidente colombiano, aunque los decretos presidenciales incluyan otras geografías en las que quizás se quebró algún matero.
Los primeros días fueron de aturdimiento. No puede ser que todavía haya 122 desaparecidos. No puede ser que 331 personas hayan muerto. No puede ser que tengamos más de 200.000 viviendas averiadas y 36.000 destruidas. No puede ser que tantos comerciantes estén sin poder abrir sus locales. No puede ser que los niños asistan, otra vez, a clases virtuales. No puede ser que el edificio de la universidad en la que estudié y trabajo esté evacuado. No puede ser que haya sido necesario aplazar las ferias del libro de Armenia, Pereira y Manizales. No puede ser que a mi amiga Liliana Cardona la hayan botado de su trabajo en Pereira cuatro días después del terremoto. No puede ser que la librería Libélula haya abandonado su local de dos décadas en Manizales, debido a las grietas.
“No puede ser”, dijimos muchas veces. Los sicólogos enseñan que la primera etapa del duelo es la negación y “no puede ser” fue la respuesta a tantas historias singulares, porque cada habitante de esta región está viviendo réplicas internas de su propio terremoto.
Pero pasados los días, el “no puede ser” está siendo reemplazado por “el pueblo salva al pueblo”. Haciendo reportería para Barequeo, el medio que codirijo en Manizales con dos amigos, escuchamos en el barrio San José al líder comunitario Jorge Omar Rodríguez: “Aquí no se sale adelante esperando plata de los gobiernos extranjeros o locales. Aquí se sale adelante con mucha berraquera, en comunidad, y acompañándonos unos a otros”.
El paisaje local de estos días incluye ollas comunitarias, bazares en carpas para restaurantes, emprendedores y comerciantes que perdieron sus negocios, y gente que publica estados en WhatsApp o historias en Instagram en las que piden 12 tejas para ayudarle a una familia, sumarse a una vaca para comprar bultos de cemento, contacto con algún ingeniero que revise gratis una casa. Pura solidaridad colectiva. Si los subsidios llegan algún día, bienvenidos, pero acá nadie está manicruzado esperándolos, cuando se sabe que con tanta teja rota cualquier aguacero daña lo que el terremoto no destruyó.
Pasar del aturdimiento a la acción colectiva es lo que nos está salvando del terremoto del 10 de agosto y es lo que nos puede salvar del terremoto que empezó el 7 de agosto. Este gobierno tiene aturdidos no solo a quienes no votamos por él sino a muchos que lo votaron esperando que no cumpliera lo que prometió. No puede ser que el presidente camine entre cadáveres. No puede ser que se burlen del Estado laico. No puede ser que silencien las emisoras de paz. No puede ser que desnombren a alguien por ser gay. No puede ser que gremios y medios obedezcan si les piden cortar cabezas.
El terremoto del 10 del agosto estamos superándolo gracias a la acción colectiva. Necesitamos salir del aturdimiento y la negación (la ridiculez de decir que Petro no es “expresidente”, o el inane gabinete en la sombra) para poder resistir este cataclismo democrático.
