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Columna con grietas

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Adriana Villegas Botero
25 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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Nos pedían en el colegio escribir una composición con inicio, nudo y desenlace. Han pasado dos semanas del terremoto y me cuesta darle ese orden a este revoltijo de imágenes, historias y dolores que son un nudo ciego en medio de esta nube de polvo que se levantó el 10 de agosto a las 7:34 a. m. y aún no se asienta.

Tengo un archivo de recortes de prensa de lo que escribí en El Espectador cuando fui corresponsal para el Eje Cafetero y no teníamos Internet. Lo busqué para recordar qué conté sobre el terremoto de 1999 (no puedo creer estar viviendo de nuevo esta pesadilla) y, al revisar esos periódicos viejos, me distraje mirando el envés de las páginas. Las publicaciones del 19 de enero (esa noche salió una edición extra) y días posteriores traen información sobre el terremoto por ambas caras, pero con el paso de los días el interés decae: mientras yo escribía sobre damnificados, demoliciones y desempleo, en el otro lado del periódico hablaban de Andrés Pastrana, Bill Clinton, masacres, fútbol y reinas. Ya estamos en ese punto. Para verificar basta pasar esta página.

El portero de mi conjunto me cuenta que en un cuarto de su casa en Manizales están su cuñada, el esposo y el hijo adolescente, porque vivían en Pereira y quedaron únicamente con la pijama que tenían puesta. Mi amiga Margarita, de Pereira, me dice que en su casa está viviendo una profesora con la que trabaja; Rigo convive ahora con la familia de su esposa. A Ángela, mi compañera del colegio, se le destrozó el apartamento en Pereira y ahora está en donde la suegra. “Depende del ingeniero si logramos rescatar la nevera y la lavadora, pero parece que no podemos sacar nada”.

Pereira tiene alrededor de medio millón de habitantes. El terremoto dejó 35.263 viviendas afectadas en esa ciudad, el 26 % con daño estructural severo. Una cuarta parte de la población tiene daños en sus casas y por eso media ciudad está alojando a personas allegadas, o no tanto. Hay cierres en colegios, comercio y oficinas. ¿Cuánto tiempo podemos aguantar así?

Releo lo que escribí en 1999. Hoy la primera urgencia es encontrar a los desaparecidos. Las cifras oficiales hablan de 329 muertos y 234 desaparecidos. En un país en el que el conflicto ha dejado 137.000 personas desaparecidas, ya sabemos que las familias no tienen paz hasta no recuperar los cuerpos (¿dónde está Andrés Camilo Peláez?). Por eso, urge un listado único actualizado, confiable y público, y un Estado comprometido con hallar hasta la última persona.

Pero urgen también muchas otras cosas: reconstruir escuelas y universidades, hospitales, viviendas, centros culturales; reabrir almacenes; un plan de choque para mitigar los efectos del desempleo que ya se siente; atención en salud mental para este trauma colectivo, lleno de duelos singulares.

El terremoto ocurrió 64 horas después de la posesión del nuevo presidente, que no quiso hacer empalme con el anterior. Habría sido peor si los recién posesionados fueran los alcaldes y gobernadores, que son quienes están lidiando este desastre descomunal. Una catástrofe de esta magnitud requiere dinero de la nación, pero las decisiones deben ser locales. Es acá donde sufrimos las réplicas, mientras el ministro de Vivienda descansa en la playa y el gobierno de Bogotá (¿o Barranquilla?) pasa la página hacia otras prioridades, como los Altos del Golán.

Adriana Villegas Botero

Por Adriana Villegas Botero

Periodista, abogada y doctora en literatura. Autora de los libros ‘El oído miope’, ‘El lugar de todos los muertos’ y ‘Sakas’. Profesora en la Universidad de Manizales. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
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