El escritor francés Paul Valéry dijo que una buena novela jamás podría empezar con una frase tan banal como “La marquesa salió a las cinco”, y solo por eso, para darse el gusto de llevar la contraria, Julio Cortázar publicó en 1960 Los premios, con esa frase como línea inicial.
Javier Marías, miembro de la Real Academia de la Lengua y columnista en El País, aprovechó ese segundo espacio para llevar la contraria en el primero. En 2009 llegó a la RAE la propuesta de eliminar del diccionario la palabra “acercanza” porque no tenía uso documentado desde 1494, es decir durante más de cinco siglos. Enterado, Marías la incluyó en dos de sus columnas y su gesto contó con la acercanza de otros escritores solidarios que también la publicaron. Así, la palabra resucitó.
El efecto inocuo de censurar palabras lo aprendemos en la infancia. No hay emoción al decir “ventana” o “ropa”, pero, en cambio, hay voz baja y complicidad para atreverse a pronunciar las palabras prohibidas, desde las groserías hasta las escatológicas. Caca, culo, pedo y pis cantaban Enrique y Ana y es el título de un libro de Carmen Gil, que apela a ese sentimiento transgresor para animar a los más chiquitos a descubrir el placer y la risa que hay en la lectura, ese espacio de libertad hecho de palabras, incluso vetadas.
A este (des)gobierno milagrero y censor que llegó el 7 de agosto y se va en 1.400 días le dio por censurar palabras. Hubo un terremoto y según el último dato ya van 780.000 damnificados registrados y 250.000 viviendas afectadas, pero el gobierno decidió que su prioridad es enseñarnos a hablar: no diga “niños y niñas”, diga “niñez”. No diga “campesinos”, diga “pequeños empresarios del campo”. No diga “falso positivo” ni “ajusticiamiento”, diga “dado de baja en combate”. No diga “recluso”, diga “alimaña”.
El diccionario de esta neolengua engorda rápido. El grupito que ahora gobierna, y que cada día se parece más a un prom de colegio de élite (la misma cofradía, la misma frivolidad), repele el uso de muchas palabras que escribo a continuación por el mero placer de verlas impresas: niña, campesinos y campesinas, reforma agraria, subsidio, progresista, socialdemócrata, demócrata, izquierda, comunista, derechos humanos, cultura, artistas, estímulos culturales, salas concertadas, libros, escritor rebelde, auxilios, ONGs, familias diversas, gais y lesbianas, parejas del mismo sexo, matrimonio igualitario, aborto, Estado laico, ateos, autonomía universitaria, erradicación manual, hoja de coca, ancestral, minorías, popular, feministas, negros, indígenas, protesta social, paro cívico, sindicatos, líderes sociales, páramos, biodiversidad, resistencia, humor, desarme, justicia transicional, diálogo, acuerdo, concertación, gremios independientes, medios independientes, periodistas, emisoras de paz, paz.
Tras cuatro años intranquilos, los colombianos despertamos gobernados por un tigre, y todo está entre kafkiano y orwelliano. Confío en que las palabras nos salven, empezando por las prohibidas.
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Este sábado se cumplen dos meses del terremoto. Con ocasión de esa fecha (y solo por eso) se volverá a hablar del tema. La situación en Pereira es calamitosa y en Manizales hay cientos que siguen “arrimados” en casas de parientes, y comercios que subsisten en carpas. Su invisibilidad y orfandad obedece en parte al mutismo de la dirigencia regional que apoyó a ADLE y no se atreve a criticarlo. Su lista de palabras prohibidas luce enorme.