Hace una década el escritor y profesor universitario Pablo Rolando Arango promovió en Manizales unos encuentros, o mejor desencuentros, bajo el título “Pongámonos en desacuerdo”: dos personas con posiciones contrarias debatían en público sobre un tema puntual.
Retomo el título de ese ejercicio pedagógico de argumentación en el que gente que piensa distinto se sentó a hablar y escuchar, porque, ante el anuncio de una batalla cultural para refundar la patria, reescribir la historia, convertir postulados religiosos en valores ciudadanos y aglutinarnos en una manada homogénea que hace el saludo militar, urge reivindicar el valor del disenso y ejercitar la opción de ponernos en desacuerdo.
En este país no hemos aprendido a vivir en desacuerdo. La prueba es el conflicto armado, que entre 1985 y 2018 dejó 450.664 personas muertas, según el Informe Final de la Comisión de la Verdad. Los paramilitares mataron al 45 %, las guerrillas al 27 % y agentes estatales al 12 %, pero estas cifras, respaldadas con documentos, algunos prefieren leerlas como meras opiniones. Ante números que son muertos con nombre y apellido responden: “yo no creo en eso”, o “siento que no es así”.
Estamos en una época en la que creer y sentir parece más relevante que saber o conocer.
Las víctimas de la violencia política prueban la incapacidad nacional para vivir en desacuerdo. Acá expresar el disenso mata, porque quien piensa distinto corre el riesgo de convertirse en enemigo interno.
Pero a diez años de la desmovilización de 14.107 excombatientes de las Farc, el 85 % de los cuales sigue comprometido con la paz y la reincorporación (ya oigo el “yo no creo en eso”), existen otros desacuerdos más cotidianos que también se dificultan, y que se ven a diario en las redes sociales. Y menciono las redes en vez de la calle, porque ahora que todos tenemos dos vidas, la de cuerpo presente y la de las pantallas, es en esa segunda esfera en donde la falta de contacto personal facilita que escalen los insultos, en detrimento de la argumentación.
En la campaña presidencial que concluyó (o que empieza, según se mire) muchos se jactaron de haber depurado sus redes sociales. Eliminaron de sus contactos a “fascistas” o a “guerrilleros” y ante esas oleadas de orgullosa cancelación me pregunto qué tipo de diversidad defienden y si no se dan cuenta de los riesgos de vivir entre burbujas de clones ideológicos, que es a lo que apunta la idea de manada. La vida y los afectos tienen muchas más esferas que el mundo de la política, y la democracia consiste en convivir entre distintos.
Contrario a esas purgas que riman con fanatismo, estigmatización, autoritarismo y totalitarismo, en estos tiempos hay que alzar la voz para expresar los desacuerdos, pero, al mismo tiempo, afinar los sentidos para ver y escuchar a los otros. Mientras las manadas descalifican periodistas, tachándolos de activistas porque nombran lo que algunos prefieren no escuchar, es importante buscar de manera activa los argumentos (no los insultos) de quienes piensan distinto, para intentar comprender sus miedos, rabias y motivaciones, identificar matices y huirle al maniqueísmo.
La batalla cultural exige creatividad, imaginación y alegría. Pero exige también calidad en el discurso. Si el “destripar a la izquierda” se responde con variables metafóricas de “destripar a la derecha”, o con delirios como el del fraude electoral, la batalla nace perdida.