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Un epílogo para Prólogo

Adriana Villegas Botero

11 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

En 2010, recién casada, me pasé a vivir a un apartamento viejo en la carrera 11 con 95, en Bogotá. Fue poco antes del hundimiento de la 11 a la altura de la 98, una calamidad que nos sometió a largos trancones durante más de un año y que desvalorizó el apartamento recién comprado, pero esa es otra historia.

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Uno de mis primeros lugares favoritos del vecindario fue Prólogo, una librería que había abierto tres años antes, justo detrás del apartamento, en una calle tranquila, de poco tráfico. Vendían café, había sofás y el librero, Mauricio Lleras, era un buen conversador, que parecía haberlo leído todo, con atención y curiosidad. Atendía él, pero a veces estaba Felipe Martínez, un joven cálido y sonriente que años después empezaría a publicar ficción.

Prólogo ofrecía una rica agenda cultural. Allí escuché a Laura Restrepo y a Rafael Baena, y gracias al librero descubrí pequeñas joyas. Una tarde en la que estaba muy triste, mi esposo apareció con un regalo que le sugirió Mauricio: En las montañas de Holanda, de Cees Nooteboom. “Desventuradas son las tierras donde no existen los melocotones, porque nunca sabrán cómo describir la piel de Lucía”. Era la luz que necesitaba en mi oscuridad.

En el primer semestre de 2012 Prólogo armó un taller con el escritor Juan Diego Mejía. Nunca había tomado un curso así, estaba en la mitad de mi embarazo y ocuparme los sábados en la mañana era un buen escape para dejar de pensar en el parto que tanto me aterrorizaba. Cerca de 15 primíparos buscábamos algún método para empezar a escribir ficción. Entre los compañeros estaba el periodista Camilo Durán Casas, que nos hacía reír con su humor sagaz.

En 2013 o 2014 Prólogo se trasladó a un local cerca del Centro Comercial Andino. Me quedaba más lejos y ya tenía una bebé, pero seguí yendo. Recuerdo que una noche no cupimos porque llegamos demasiados para oír a Tomás González, y también recuerdo un ciclo de novelas sobre la Primera Guerra Mundial, a raíz del centenario de ese conflicto.

En 2015 regresé a vivir a Manizales, pero pude seguirle la pista a Prólogo. Supe que se pasó para la Séptima con 70, y volví a oír a Mauricio Lleras gracias a “El Librero”, un podcast con Jorge Espinosa que salió al aire en 2019. Entre referencias a autores, libros, anécdotas y contexto histórico, Mauricio narró, sin quejarse y con gracia, las maromas para sostener una librería antes, durante y después de la pandemia.

Conociendo esas dificultades me alegré cuando encontré a Prólogo en Honda, una sede preciosa en una calle empedrada de la zona colonial.

Camilo Durán Casas murió de un infarto semanas después de terminar nuestro taller; Rafael Baena falleció en 2015; el librero Mauricio Lleras en diciembre de 2022; Cees Nooteboom en febrero de este año, sin recibir el Nobel de Literatura; y el hijo de Mauricio, José Manuel Lleras, anunció que, tras casi 20 años, Prólogo cerrará este 31 de agosto. No sé si la competencia de las plataformas y la ausencia de un precio único para los libros mate a otras librerías, como ya pasó este año con Hojas de Parra y Mr. Fox. Lo que sí sé es que con Prólogo desaparece otro pedacito de la Bogotá que habité. La ciudad de mi memoria tiene la cartografía de la nostalgia.

Por Adriana Villegas Botero

Periodista, abogada y doctora en literatura. Autora de los libros ‘El oído miope’, ‘El lugar de todos los muertos’ y ‘Sakas’. Profesora en la Universidad de Manizales. Ha recibido tres veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.
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