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Las recientes declaraciones del presidente Pedro Sánchez, afirmando que España está preparada para avanzar “mañana mismo” hacia un ejército común, han reavivado un debate histórico. Para los europeístas es una noticia esperanzadora. Para los atlantistas es motivo de preocupación. Sin embargo, la falta de un ejército europeo no es un accidente, sino una decisión política que se ha mantenido congelada durante más de setenta años.
La defensa es, probablemente, el poder que los países no están dispuestos a compartir. El gran trauma que explica esta parálisis ocurrió en 1954. Tras la Segunda Guerra Mundial, se intentó crear la Comunidad Europea de Defensa para unir los ejércitos nacionales. El proyecto fracasó cuando Francia lo rechazó por miedo a perder su soberanía y por desconfianza hacia el rearme de Alemania. Desde entonces, Europa decidió crecer como un gigante económico y potencia civil, pero dejó su seguridad en manos de la OTAN. Esta decisión creó una dependencia de Estados Unidos que hoy, ante la inestabilidad política imperante, los deja en una posición muy vulnerable.
A lo largo de los años, ha habido intentos de cambiar esto. En 1998, con la Declaración de Saint-Malo, Francia y el Reino Unido admitieron que Europa necesitaba capacidad de actuar por su cuenta. Pero, desde entonces, las herramientas creadas no han tenido el impacto esperado. El mejor ejemplo son los Battlegroups, se crearon hace veinte años como fuerza de respuesta rápida, pero nunca se han utilizado.
Recientemente, la Unión Europea ha intentado avanzar usando el presupuesto como incentivo. Se creó el Fondo Europeo de Defensa para que los países dejen de comprar armas por separado y empiecen a fabricarlas juntos, evitando el gasto innecesario de tener industrias militares desconectadas. Además, con la guerra en Ucrania, Europa se atrevió por primera vez a financiar el envío de armas a un país en conflicto a través del Fondo Europeo de Paz. Estos son pasos importantes, pero el dinero por sí solo no forma un ejército.
El verdadero obstáculo está en las normas del juego. El artículo 42.2 del Tratado de la Unión Europea actúa como un cerrojo que exige unanimidad en el Consejo Europeo para contar con una Política Común de Defensa. Esto significa que un solo país puede vetar a los otros 26 por su interés doméstico. Un ejército necesita un mando único que decida rápido. No se puede ir a la guerra si hay que pedir permiso a 27 parlamentos distintos cada vez que surge una emergencia.
En conclusión, aunque la intención de avanzar sea buena, la defensa sigue siendo el último refugio de la soberanía nacional. Mientras los países del Báltico miren con miedo a Rusia y los del Mediterráneo miren hacia el norte de África, la falta de una cultura de seguridad compartida condenará a Europa a una soledad estratégica. Mientras exista el derecho al veto, el ejército europeo seguirá siendo un proyecto teórico guardado en los anaqueles de la diplomacia, a la espera de que los gobiernos decidan, de una vez por todas, confiar los unos en los otros.
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