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Don Guillermo

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Alberto Donadio
24 de febrero de 2014 - 04:00 a. m.
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CADA VEZ QUE SE OTORGA UN PREmio de periodismo con el nombre de don Guillermo Cano —como ahora, cuando lo recibe Roberto Pombo, director de El Tiempo; como en 2007, cuando se le dio, póstumo, a Anna Politkovskaya, asesinada en Moscú— retorna la nostalgia por sus editoriales que diagnosticaban la realidad del país y hacían sentir al lector que estaba bien representado y bien interpretado. Es una época pretérita que no volverá.

Decía Alberto Lleras Camargo que la insigne fortaleza moral de los Cano fue “utilizada con una sobria humildad en la defensa de los principios”. ¿Quién hoy, en Colombia, ejerce el periodismo con sobria humildad y en defensa de los principios? En 1982 el propio Guillermo Cano fijó su concepción del periodismo: “Nosotros, los Canos Vivos, como ya lo hicieron los Canos Muertos, sólo podemos prestar el servicio civil, que consideramos obligatorio, de divulgar, explicar, comentar, sin lisonjas para los poderosos y sin debilidades ante su soberbia, con honradez e independencia, cuanto hagan o dejen de hacer quienes tienen la actual y futura responsabilidad de dirigir a Colombia”.

En 1984, cuando, aún tibio el cadáver del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, Alfonso López Michelsen se reunió en Panamá con los narcotraficantes, El Espectador le pidió explicaciones al expresidente. López montó en cólera y dijo que no tenía por qué rendir cuentas a El Espectador. Don Guillermo respondió en el editorial sin debilidades ante su soberbia: “No está, ciertamente, interesado El Espectador en que se le rindan cuentas al periódico individualmente. Entre otras razones porque jamás ha tenido cuentas en común con el expresidente López Michelsen, ni quiere tenerlas”.

Cuando Belisario Betancur fue elegido presidente, don Guillermo hizo reconocimiento de “nuestro respeto” y precisó: “No de nuestra adulación, con la cual no han contado ni siquiera los presidentes liberales, pues no corresponde a nuestra condición humana”. Estamos a un mes de las elecciones parlamentarias, pero a años luz de la concepción de la política que tenía don Guillermo.

En su último año de vida escribió: “Para presidir las sesiones de las Cámaras Legislativas se requiere una alta jerarquía intelectual y una diamantina vida política, jamás interferida por nada ajeno a la propia concepción del servicio público”.

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